El (nuevo) dardo en la palabra - Fernando Lázaro Carreter

Título: “El dardo en la palabra” y “El nuevo dardo en la palabra”
Autor: Fernando Lázaro Carreter
Páginas: 732 y 301
Editorial: Aguilar y DeBolsillo
ISBN: 978-84-226-6396-6
Precio: 8.95 euros
Año de edición: 1997 y 2004
Libro comentado por Blanca Vázquez – www.elgusanillo.blogspot.com
Fernando Lázaro Carreter ex director de la Real Academia Española que falleció en el año 2004 nos dejó sus “dardos en la palabra”, un legado muy valioso, además de su labor de catedrático de la lengua, para los que estamos caminando en este eterno aprendizaje y con ganas de no empobrecer nuestra lengua y por ende nuestro pensamiento.
Según este lingüista las distinciones lingüísticas precisas para expresar matices se está esfumando, sumidas en una zafiedad mental pavorosa. Hay zonas del idioma convertidas en un potaje sin tonos, impuesto por personas y personajes con resonante voz pública.
Empiezo con algunos ejemplos de los múltiples que nos brinda en este pequeño diccionario de meteduras de pata: buenas madrugadas, ese saludo equivocado que muchos programas radiofónicos utilizan para despedir o salir al encuentro de sus oyentes: “A mí, a la una y media o a las dos, eso de buenas madrugadas me resulta inquietante porque sugiere que la noche se me ha pasado en blanco y que está llegando el quiquiriquí”.
Otro vocablo muy en uso para todo, rollo, los novios de antes ya no lo son claramente: esa situación equivale también a la de los queridos. Y es que tener un enredo y enredarse, hoy también en retirada, sinónimos de tener un lío y liarse, están siendo expulsados del uso por el nuevo enrollarse. Rollo el no vas más de la merma del lenguaje.
Y que me dicen de los super….Supertriste: el analfabetismo más fanático se ha adueñado entre nosotros de ese truco exagerador para calificar y para liberar buena parte de la sobreexcitación nerviosa que, en esta época, aqueja a toda la zoología bípeda, necesitada de expresarlo todo en su ápice vibrante.
Ya que estamos comentando, vayamos a comentar: el Diccionario académico define comentar como hacer comentario y éstos consisten, dice, en los juicios, pareceres o consideraciones acerca de una persona o cosa. Y así, frente al contar, en que nos ajustamos, verídicos o no, a un sucedido, el comentar procede de un ajetreo de la mente.
Y así continúa…haciendo especial hincapié en la oratoria electoral, que ya sean políticos encumbrados o más modestos, todo el mundo anda metiéndole caballitos de Troya al idioma. Como no iba a ser menos el fútbol no ocupa menor espacio que la política en sus críticas, puesto que el deporte rey es el entretenimiento patrio del “socio” (claro dejando a un lado a la socia, no se vaya a confundir con la parienta). Insospechados diálogos es lo que encontramos en este mundo: “un equipo muy físico”, “de corte muscular”, “ha cambiado la dinámica del juego”, “España no tramita el balón”, y siguen zurrando fuerte al idioma los seudo periodistas deportivos…Y no puedo dejar de mostrarles esta perla lingüística de Don Lázaro: Hay dos maneras de describir el juego en torno al balompié. Una sostiene que el juego ha de ser alborozado, exultante, con los jugadores triangulando y hasta hexagonando a la perfección, disfrutando con el curre, como ellos dicen, mientras trotan con el fin de procurar a los espectadores sumo deleite del ojo: para esta escuela, importa jugar bien. La otra, fundada en el práctico exordio de “a lo que estamos, tuerta”, se deja de zarandajas estéticas, de vaselinas, túneles, caracoleos y otros fililís de bota, para buscar y logra el gol con ceguera: es el resultadismo; bendito sea.
Como no podría ser de otra forma acude Lázaro Carreter a la polémica denominación “violencia de género”, que según él es muy dependiente de los dictados de la ONU, autora de tantos desmanes lingüísticos. Para Lázaro Carreter es en realidad una “violencia de superioridad”, sea sexual, física, de poder o de otras clases.
Responde en un artículo a una lectora que le cuestiona porqué la linda palabra “rumorología” está desentendida por la Academia. Tal vez, contesta, sea porque es muy reciente, no antes al año 80 del siglo XX, del formante -logía- que significa “tratado”, “estudio” o “ciencia”, lo que no deja de parecerle una voz burlesca para designar la marea de chismes que empapa a la sociedad en un momento dado.
A buen seguro que muchos creen que advertir de + que constituye siempre un caso dequeísmo. Y no es así; de los numerosos ejemplos que aporta el gran “Diccionario de Cuervo”, elije éste de Martínez de la Rosa por su brevedad: “Llegó un criado que le advierte de que vive”. Avierten de que + oración llama la atención sólo sobre ésta, es decir, sobre la advertencia; en cambio, advierten que, podría significar “dan cuenta” o “avisan”.
Indagando por los idiomas vecinos, topamos con el raro plural -i del italiano: hay varios casos en que ha sido tratado como si fuera singular, susceptible, por tanto, de recibir la -s. Spaghetto es el singular de spaghetti, y nosotros hemos convertido la voz plural en espaguetis por arte de birlibirloque. Y aún tenemos, mínimos y jubilosos, los confetis, raviolis…
Como anécdota jubiloso es traer aquí su descripción de Gibraltar: “sarpullido brotado en la misma ingle peninsular”.
Un error muy común que solemos cometer, aborda este autor, se refiere a la palabra “homosexualidad” de la dice se piensa que alude sólo a la de varones. La condición de homosexual nada tiene que ver con el homo “hombre” latino, sino con el griego homos, que significa “igual”. Se ignora por qué con las mujeres se forma grupo aparte, denominado lesbianismo.
Seguro que en muchas ocasiones han tenido buenas o malas sensaciones, cuando nos falla el vocabulario acudimos a ellas para casi todo. En lugar de vibraciones, barrunto, presentimiento, corazonada, augurio, presagio o premonición, a las que les está quitando espacio y ya se ha colado en el último Diccionario.
Como peculiaridad resalta Lázaro Carreter el color añadido a ciertas descripciones o expresiones: no sólo las personas pueden ser verdes, sino también los vocablos, dichos, chistes y cosas así son capaces de tal mérito. Éstos eran colorados hasta el siglo XVIII. El Diccionario de 1739 define palabras coloradas como las “deshonestas e impuras, que se mezclan en la conversación por vía de chanza”.
Denuncia el catedrático la preferencia que hay hoy en día por palabras multiuso, sosas e incoloras, pero siempre a mano, buen ejemplo de ello es la palabra detectar que vino a nosotros por vía angloamericana.
Otro de los regalos de este estupendo librito de vocablos es descubrir la procedencia de palabras hermosas como tanatorio formado por el griego thánatos, “muerte” y el sufijo -torio que entre otras cosas indica “lugar”: laboratorio, ambulatorio, observatorio, o purgatorio. O la palabra inventada por un médico español, quirófano, no habiendo ningún equivalente en otra lengua y que cuenta con dos formaciones griegas: khéir, “mano”, y -fano, procedente de diapháinein, “mostrar”. Se refería al lugar donde podían verse operaciones quirúrgicas “al través de una separación de cristal”.
En fin una gozada para la lengua; un tesoro repleto de perlas constituye este volumen, al que tal vez se le achaque el exceso de repetición en los mismos temas: fútbol y prensa deportiva, política no sin dejar alguna ácida crítica personal y su puyas a los profesionales del periodismo. Sin embargo nos hace buenas comparaciones con vocablos de otras lenguas, como el francés, inglés e italiano e incluso el portugués, lo que es de agradecer para abrir más puertas a la hermandad de idiomas.


Tengo que reconocer con pena que no he leido este libro que, sin embargo, siempre me ha tentado. Los ejemplos que destacas no hacen otra cosa que “culpabilizarme” aún más.
En definitiva, una lectura entretenida y útil, ¿se puede pedir más?
Un saludo agradecido.
Una obra indispensable para conocer y a veces sonrojarnos ante los “atropellos” que sufre nuestra querida lengua.
Un maestro imprescindible, pocos quedan que analicen nuestra lengua tan maltratada especialmente por periodistas. Gracias a los dos por el comentario.
Lázaro Carreter era un tipo faltón con ganas y un gran difusor de falacias lingüísticas. Prueba de ello son esos dardos suyos, donde hacía uso constante de la metáfora antropomórfica-esencialista de genio del idioma para referirse a las tendencias históricas del castellano como sistema «puro», y de la idea de que cualquier contravención a la idiosincrasia del idioma o a los preceptos académicos que establecen las condiciones de perfección del idioma eran síntoma de alguna deficiencia mental.
A su actitud duramente reprobatoria deben muchos hablantes y profesionales una terribe inseguridad lingüística. Cómo no, nunca criticó con igual dureza los múltiples errores comentidos por la Academia en la codificación del español.
En la cuarta línea empezando por el final aparece la palabra “puyas”. Yo acabo de leer el libro y creo que esta palabra aparece en él como un error en la prensa o algo similar, cereo que se escribe “pullas”.
Aquí dejo un enlace del DRAE: http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=línea