Hombre lento - J.M. Coetzee

Título: Hombre lento
Autor: J. M. Coetzee
Páginas: 264
Editorial: DeBolsillo
ISBN: 9788483461327
Año de edición: 2007
Libro comentado por Blanca Vázquez – www.elgusanillo.blogspot.com
“…Ya sabe, existe esa gente a la que yo llamo ctónica, esa gente que tiene los pies plantados en su tierra natal; y luego están las mariposas, criaturas de luz y de aire, residentes temporales, que se posan aquí y se posan allí. Afirma contundente la Sra. Costello en un pasaje de la última joya de Coetzee, habitual visitante en sus obras…
… Y continua describiendo a nuestro hombre lento, Usted afirma ser una mariposa, quiere ser una mariposa; pero un día sufre una caída, una caída catastrófica, y se estrella contra el suelo; y cuando se levanta descubre que ya no puede volar como un ser etéreo, ni siquiera puede caminar, no es usted más que un bulto de carne demasiado sólido…”
Así se podría resumir, describir, compactar el último libro que he podido leer del Premio Nobel 2003 J.M. Coetzee.
“El hombre lento” trata sobre ese extraño viaje que es vivir. La existencia es un completo albur, una aventura informe y ambigua. Y cuando se elige vivir se nos olvida que esa elección lleva adosada a la chepa la vejez. Con un estilo de una limpidez sorprendente el autor filosofa a través de su nihilista personaje.
Nos encontramos ante al Coetzee habitual: reflexivo y meditativo. Con voz clara y sin tapujos Coetzee habla en Desgracia (obra con la que descubrí a este admirado escritor-pensador) sobre el racismo, las relaciones paterno-filiales, el machismo en su más dura expresión, el devenir de los animales (esos grandes olvidados), el orgullo, y como no, el sentido de la vida y el paso del tiempo, una constante en su obra.
Paul Rayment, fotógrafo profesional, sufre un accidente con su bicicleta y pierde una pierna. Su vida, hasta ahora fría y solitaria dará un giro radical convirtiéndose en otra realidad. La realidad de la dependencia y la invalidez.
Divorciado y sin hijos, Paul es consciente de su estéril vida cuando aparece Marijana, pragmática y campechana enfermera de origen croata. Sus sesenta años no le impiden peder la cabeza como un adolescente en un pasión que le lleva a querer apropiarse de Marijana y lo que es suyo, es decir sus tres hermosos hijos. Pero el sentido común de Coetzee se hace notar a través de una aparición, ya habitual en sus libros, la misteriosa escritora Elizabeth Costello. Llega esta mujer, risueña y quisquillosa, a desafiar las intenciones de Paul Rayment y hacerle retomar las riendas de su vida.
Que mejor muestra que las palabras atrapadas a tiempo en su escapada de la narración:
La Pasión;
“…No es un hombre apasionado. No está seguro de que le haya gustado nunca la pasión ni de haberla aprobado. La pasión: un territorio extranjero; una aflicción cómica pero inevitable como las paperas, que uno espera pasar mientras todavía es joven en una de sus variedades más leves y menos destructivas.
¿Puede nacer el deseo de la admiración, o bien se trata de dos especies muy distintas?
¿Por qué? ¿Por qué se puede admirar la imagen fragmentada de una mujer pero no la imagen de una mujer fragmentada?
Piense en Don Quijote. Don Quijote no trata de un hombre sentado en una mecedora que se queja de lo aburrida que es La Mancha. Trata de un hombre que se coloca un bacín en la cabeza y se sube a lomos de su viejo y fiel rocín y parte para emprender grandes hazañas…”
La existencia/as;
“…Es posible que el mayor de los secretos se le acabe de revelar. Existe un segundo mundo que corre paralelo al primero, insospechado.
He tomado tres dosis de la experiencia del inmigrante, no sólo una, así que se me ha grabado muy dentro. Primero cuando me desarraigaron de niño y me trajeron a Australia; luego, cuando declaré mi independencia y regresé a Francia; después, cuando renuncié a Francia y volví a Australia. ¿Es este el sitio al que pertenezco?, me preguntaba a cada traslado. ¿Es este mi verdadero hogar?.
Tendríamos que conmocionarnos más a menudo. Deberíamos armarnos de valor y mirarnos en el espejo, aunque no nos guste lo que vemos en él. Y no me refiero a los estragos del tiempo. Me refiero a la criatura que está atrapada detrás del cristal y cuya mirada normalmente procuramos evitar…”
La vejez;
“…Los dos somos feos, Paul, viejos y feos. Y más que nunca nos gustaría llevar en nuestros brazos la belleza del mundo. Ese anhelo nunca muere en nosotros. Pero la belleza del mundo no nos quiere a ninguno de los dos. Así que tenemos que conformarnos con menos, con mucho menos. De hecho tenemos que conformarnos con lo que se nos ofrece o pasar hambre…”


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