Las virtudes cardinales - Natalia Menéndez

Título: Las virtudes cardinales
Autor: Natalia Menéndez
Páginas: 59
Editorial: Ayuntamiento de Avilés
ISBN: 978-84-611-9949-5
Año de edición: 2007
Libro comentado por Marta María López – www.relataria.blogspot.com
Las virtudes cardinales (Premio Ana de Valle, 2006) es un libro de poemas para enfrenarse a los reveses del amor, para sacar fuerzas de alguna parte (e indagar de dónde se pueden sacar esas fuerzas) que nos ayuden a continuar.
Los versos -limpios, sencillos, candorosos y con un punto de melancolía- nos descubren a una poeta replegada sobre su mundo y sus vivencias para tratar de buscar dentro aquello que puede ayudarla a comprender lo de afuera. El amor y la distancia, la desorientación ante las pérdidas, los finales civilizados que nos dejan con la resaca del por qué y con el dolor prendido en alguna parte de la memoria o los finales que son paréntesis para posteriores caídas, esto es lo que vamos a encontrarnos en este poemario que se divide en cuatro partes, tomando como elementos unificadores las cuatros virtudes cardinales: fortaleza, templanza, prudencia y justicia.
Son constantes de estos versos la memoria como algo doloroso y el olvido como algo no deseado. Me recuerda un poco a aquel poema de Aleixandre: “Recordar es obsceno./ Peor: es triste./ Olvidar es morir”. Muy frecuentes son también las exaltaciones del momento amoroso. Los poemas finales me gustan especialmente. Están escritos desde una mayor distancia que todos los anteriores y con una visión menos cegada por la pasión y el amor. Muestran la fortaleza y la debilidad del yo poético frente a esa imagen empequeñecida y derrotada del ser que había amado, y aun así, todavía perviven destellos de deseo. No hay concesiones ni siquiera hacia sí misma en estos versos. “No te demores y dime un no/ que me aniquile lentamente”, dice. Dejo aquí, para que lo leáis, mi poema favorito del libro (los tres últimos versos me parecen fabulosos).
Eso que ves en el espejo es tu propio rostro
que muda su gesto vanidoso igual que las hojas
se desprenden de la escarcha.
Hasta tú mismo, que te creías torre férrea,
dejas tras de ti un rastro amargo
de héroe derrotado.
La realidad que no muere se transforma.
Te sorprendería la flor carnívora
en la que me he convertido.



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