Terrorista - John Updike

Título: Terrorista
Autor: John Updike
Páginas: 138
Editorial: Tusquets
ISBN: 9788483103982
Año de edición:2007
Libro comentado por Blanca Vázquez – www.elgusanillo.blogspot.com
John Updike es uno de las grandes plumas norteamericanas, a las que, para mi solaz, soy muy aficionada. No en vano están entre las escamas de mi gusanillo Paul Auster, Truman Capote, Saul Bellow, Scott Fitzgerald, Susan Sontag, Philip Roth o Michael Cunningham.
Precisamente con uno de los relatos de éste último (“La cruzada de los niños”) tiene muchas ráfagas en común la reciente publicación de Updike, muy en consonancia con los tiempos que vivimos, “Terrorista”. Y es que Updike y Cunnigham tratan de la salvación por unos maestros de la vida (a través del dialogo y la atenta escucha versus violencia) de las almas infantes y adolescentes, manipuladas y sacrificadas por sus mayores para el terror.
“Infieles, creen que la seguridad está en la acumulación de objetos mundanos, en las distracciones corruptoras del televisor. Son esclavos de las imágenes, representaciones falsas de felicidad y opulencia”. Así se nos abre el alma de Ahmad en un trabajo que comienza con muchas expectativas y alcanza el número 22 de la extensa biografía de John Updike, Terrorista. Expectativas que no se verán defraudadas al cabo de las páginas, confirmando la impulsiva opinión del escritor argentino Rodrigo Fresán: “¿Cómo hace Updike para escribir cada día mejor?”. Eso me pregunto yo también. Que placer más grande produce leer una ficción tan bien facturada y rematada. A pesar del filtro intermediario de la traducción -que quizá le resta unas décimas de calidad- , la destreza de este creador de prosa dúctil, variopinta, virtuosa, lo hace un auténtico y fino carpintero de palabras: “La luz del sol lame con lengua fúlgida la cavidad que se abre en el centro del escote de barca de su blusa”.
Terrorista es una ficción con salpicaduras de ensayo. Concretando, es un auténtico thriller sacada del contexto de la típica novela negra. No hay detectives, ni investigación, ni asesinato al uso, (si que hay uno, pero es de otra índole), no hay violencia, salvo la que está comprimida en los fosos profundos de cada uno de nosotros, y sin embargo hay una tensión constante, arraigada en las entrañas del entorno social que transmite sus descargas de frustración y decepción vía invisibles cables. Tensión que Updike ha elevado en un remate final en las últimas 30 páginas a la categoría de sublime.
Llegado a ese punto, el éxtasis del lector se magnifica y comienza la marcha atrás, lenta, parsimoniosa (como los largísimos quince minutos que tiene un chaval árabe-americano de 18 años para decidir sobre si su Dios es un Dios de vida o de muerte) sin deseos de dejar todavía el mundo de New Prospect -ciudad industrial pobre de Nueva York- en el que ha sido invitado a observar el devenir de sus seres sobrevivientes: el puro, sencillo, inteligente y amable aunque frío y distante Ahmad Ashmawy Mulloy (de sangre egipcia e irlandesa); su mediocre, sin embargo respetuosa “vive y deja vivir” madre, Teresa Mulloy; su preocupado profesor y tutor, el desencantado y cansado Jack Levy (judío ateo) y su obesa esposa Beth; el objeto de sus angustias sexuales, compañera de instituto, Joryleen (“sirviendo todas sus redondeces como fruta en bandeja”); Charlie, libanés de pura sangre, objeto de su admiración como el padre que no ha tenido; el Sheij Rachid, su imán a quién Ahmad obedece pero no venera, y todo un mundo de personajes urbanos que el autor ha creado a imagen y semejanza de la caótica y degradada Norteamérica de ahora mismo.
El autor de los cinco títulos de la serie protagonizada por Harry “Conejo” Armstrong es una diseñador indiscutiblemente genial de personajes, haciendo que visionemos mentalmente a cada uno de ellos en su burbuja completa, desde su yo más profundo a su físico en consecuencia. También su mano es prodigiosa con el entorno, viviendo la acción y convirtiendo al lector en furtivo voyeur de las tramas y paradojas entre las que se mueve el hombre. Y John Updike es también una fábrica de interrogantes. De los que se ha servido bien a gusto en Terrorista.
El caso es que la decepción sobre la sociedad que les ha tocado vivir presenta el mismo grado, tanto en el maestro Levy (“Se ve a si mismo como un viejo patético en una orilla, gritándole a la flotilla de jóvenes mientras se deslizan hacia el cenagal funesto del mundo: más recortes de recursos, libertades que desaparecen, publicidad despiadada que vende una ridícula cultura popular de música eterna, de cerveza, y de jóvenes hembras esbeltas y sanas hasta lo imposible”) como en su pupilo, Ahmad, bien que en este último el resultado de esa decepción es pacientemente manipulada por una organización terrorista, aupada en el trance religioso. Es también en este punto donde Updike hace gala de un buen conocimiento y asesoramiento de las suras y pasajes del Corán, así como del árabe antiguo, regalándonos en uno de los pasajes un masaje mántrico de reminiscencias poéticas.
Es esta visión desde todos los ángulos y todos los matices claroscuros, lo que hace de Terrorista una obra esquinada y necesaria, porque parte de una voz crítica, tan a faltar en las librerías de comercio bruto. El escritor americano mueve muy bien sus cartas, porque al cabo de un largo y tranquilo recorrido, con ramificaciones socio-filosóficas (entre ellos un verdadero debate sobre la lobotomización de la Tv dentro de otra historia de lobotomización, la del joven Ahmad), el thriller se vuelve goloso y no se sabe quién juega con quién, si el topo con la CIA y el prepotente y fanático Secretario de Seguridad Nacional, Haffenreffer, o la CIA y el susodicho con el topo.
Pero la clave de este estupendo libro está centrada, principalmente, en un cordón de unión y salvación: la recuperación de la labor del tutor, del maestro, consejero, guía de los pequeños seres vulnerables de ser devorados.
He aquí una muestra de cómo la literatura es una herramienta imprescindible de conciencia y de conocimiento.


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