Por qué creemos en cosas raras - Michael Shermer
Título: Por qué creemos en cosas raras
Autor: Michael Shermer
Páginas: -
Editorial: Alba
ISBN: 9788484284222
Precio: 26 euros
Año de edición: 2009
Libro comentado por Moisés Garrido – La sombra de Chárvaka
Este pasado verano, en la librería que frecuento, me topé casualmente con una obra que no imaginaba que había sido por fin publicada en castellano.Tenía muy buenas referencias de ella. Salió a la luz hace doce años en EE.UU. y ahora lo hace en nuestro país bajo el sello de Alba Editorial. Me refiero a Por qué creemos en cosas raras, de Michael Shermer, doctor en Historia de la Ciencia, profesor del California Institute of Technology, colaborador y editor asociado de la revista Scientific American y fundador de la Skeptics Society y de la revista Skeptic. Su medio millar de páginas se leen prácticamente de un tirón. El contenido es muy ameno y enriquecedor, ya que se abordan temas de máxima actualidad desde una perspectiva racionalista y desmitificadora. Su autor no es el típico negativista o detractor arrogante que pontifica sin conocimiento de causa, desprestigiando a diestro y siniestro. Muy al contrario. Shermer se ha movido en el mundillo paracientífico. En su día, se sintió muy atraído por cuestiones esotéricas, ufológicas, paranormales, cultos New Age… Frecuentó esos ambientes y asistía a congresos y debates televisivos. Por tanto, sabe de lo que habla y maneja información de primera mano. Vivió cierto tiempo rodeado de creencias de toda clase, a cual más extravagante, como señala en su excelente libro. Hasta que decidió desprenderse de toda superstición y hacer un uso correcto de la razón.
En cierta manera, me veo reflejado en la evolución experimentada por Shermer hacia el escepticismo, un proceso eminentemente reflexivo, similar al que conduce al ateísmo, en el que abandonamos aquellas ideas, especulaciones e hipótesis sin ninguna base racional que adquirimos tradicionalmente. La sensación que produce dicho proceso deconstructivo es muy gratificante. Es como si te desprendieras de una venda que tienes sobre los ojos y que te impide ver la realidad tal y como es, sin artificios fideístas. Eso lo explica perfectamente Gonzalo Puente Ojea en su recomendable obra Vivir en la realidad (2007): “Cuando el individuo logra dilucidar la entraña de un mito, un dogma, una ideología, tiene el profundo sentimiento íntimo de haber arribado a la inefable experiencia de ver cómo la caída de un falso saber abre insospechadas perspectivas para la búsqueda de certezas en el camino del conocimiento, que no es otro que la superación de falsedades y el acceso nunca completo a un nuevo orden de verdades”…
Socialmente, los enigmas ufológicos y paranormales son muy atrayentes. Pero interesan más bien desde una vertiente crédula, no científica. Pocos se informan con rigor sobre dichas cuestiones y las nociones adquiridas proceden de libros y programas de televisión sensacionalistas (y sobre todo de internet, convertido ya en un vertedero de “noticias basuras” que malnutren a millones de internautas poco dados a contrastar la información). Por otra parte, quienes se adentran en estos asuntos, lejos de procurar resolverlos a la luz de la razón, tienden a perpetuarlos, impregnándolos de los mismos rasgos animistas que constituyen la base de cualquier sistema religioso existente. “Rara vez alguno de nosotros se sienta ante una relación de hechos, sopesa los pros y los contras y opta por lo que parece más lógico y racional sin tener en cuenta lo que creíamos con anterioridad”, reconoce Shermer. Es más, la ficticia visión dualista alma-cuerpo -que dividió la realidad subjetivamente en dos planos diferenciados aunque interrelacionados, uno material y otro espiritual- la venimos arrastrando desde los orígenes de la humanidad y no es fácil desprendernos de ella.
JUZGANDO LO IRRACIONAL
Poco antes de adquirir el citado libro, salió publicado en una revista especializada un artículo de mi autoría titulado “Fraude y superchería en el espiritismo”, donde desmitificaba las presuntas comunicaciones con los muertos, iniciadas con la fraudulenta historia de las hermanas Fox, en 1848. Precisamente, fue a través del espiritismo como me adentré de cabeza en el mundo de lo paranormal. Tenía 16 años. Mi interés respondía a esa innata curiosidad que, sobre todo a esas edades, se nos despierta a muchas personas hacia lo inexplicado, lo oculto, lo que se mueve en las fronteras de la realidad… Quedé verdaderamente maravillado con ese mundo irreal que se mostraba frente a mí. Estaba completamente convencido de que la oui-ja, la psicografía y las psicofonías eran medios para contactar con “seres desencarnados”. Con otros colegas igual de crédulos que yo me reunía habitualmente para realizar sesiones espiritistas y visitar, equipados de cámaras y grabadoras, lugares en ruinas que escondían tras sus muros truculentas historias de fantasmas. Hoy, afortunadamente, veo esas cosas con los ojos del escepticismo. Hace ya tiempo que me desprendí de la venda de la sinrazón y adopté hábitos de pensamiento crítico. Es un largo recorrido en el que vamos encontrando a cada paso, si somos honestos buscadores de la verdad, explicaciones racionales a hechos que, en un principio, creemos que carecen de ellas, a causa de nuestra falta de información científica. No todos los que se interesan por estos temas pasan por un proceso similar. Muchos de aquellos compañeros, a pesar de los años transcurridos, aún mantienen las mismas ideas irracionales de entonces. No han atravesado ninguna etapa de maduración intelectiva. Todavía siguen entretenidos en realizar psicofonías en casas abandonadas, con la esperanza de que los supuestos “moradores invisibles” pronuncien alguna frase impactante que quede registrada en la grabadora. Y cualquier extraña luz en los cielos la siguen considerando una nave alienígena. Existe entre los estudiosos de estos temas un desinterés generalizado a la hora de abordarlos bajo una óptica científica y racional, usándolos únicamente para justificar sus propias creencias espiritualistas o esotéricas. Están firmemente abrazados al pensamiento mágico como el niño temeroso que se agarra a la falda de la madre. Jamás se paran a reflexionar sobre lo absurdo que resulta atribuir las experiencias mediúmnicas a un supuesto contacto con el “más allá” (a no ser que aceptemos que nos volvemos imbéciles cuando desencarnamos, a tenor de los ridículos mensajes atribuidos a los espíritus). O lo paradójico que resulta suponer que nos visitan múltiples razas alienígenas -si nos remitimos a los testimonios tan variopintos sobre naves y ufonautas de todo tipo- y, sin embargo, ninguna de ellas decida tomar contacto oficial con nuestra especie, sino que opten por jugar al escondite sin dejarnos una prueba incuestionable de su presencia. Pues sí, hay muchos estudiosos anclados en sus viejas creencias, sin tener en cuenta los fraudes conscientes e inconscientes y el enorme potencial de nuestra mente para fantasear y generar mitos (nuestro cerebro nos engaña, que diría el neurólogo Francisco J. Rubia). A día de hoy, siguen consultando la misma literatura sensacionalista y pseudocientífica que consumíamos compulsivamente años ha, tan propensa a pisotear el sentido común. No se interesan por leer un libro de alto nivel racionalista como el de Shermer, o como los de Carl Sagan, Richard Dawkins, Gonzalo Puente Ojea, Daniel C. Dennett, Víctor Stenger, Martin Gardner, Robert Sheaffer, etc. Es más, dudo de que algunos de estos nombres les suenen. En cambio, Erich von Däniken, Budd Hopkins, Sixto Paz o Jaime Maussan les siguen resultando sumamente veraces y entretenidos. Ya sabemos que creer es más fácil que pensar… y mucho más reconfortante para nuestro universo emocional, dicho sea de paso. A ello se refiere Shermer en los siguientes términos:
“En echadores de cartas, quirománticos, astrólogos y videntes, buscamos certidumbres tranquilizadoras. Nuestras facultades críticas quedan suspendidas bajo el ataque de promesas y esperanzas que apacigüen las grandes angustias de la vida. ¿No sería maravilloso que, en realidad, no llegáramos a morir? Por supuesto. Los escépticos no somos distintos a los crédulos en lo que respecta a estos deseos. Es un antiguo anhelo humano. En un mundo en el que la propia vida era tan incierta como la próxima comida, nuestros ancestros desarrollaron creencias en una vida después de la vida y en un mundo espiritual. Así que, cuando nos sentimos vulnerables y tenemos miedo, a la persona que nos da esperanzas le basta con sugerirnos la promesa de una vida después de la vida, y para que la creamos es suficiente la más endeble de las pruebas. Nuestra credulidad hará el resto…”
ANIMISMO SECULAR
El escepticismo -originado hace 2.500 años en la Antigua Grecia- es una actitud sana y muy recomendable para andar por la vida, y de paso para frenar nuestra vulnerabilidad a esos deseos irracionales. Es una necesidad intelectual y moral, como señala el biólogo Stephen J. Gould en el prólogo de la obra que estamos comentando. Es muy necesario para enjuiciar las cosas raras en las que creemos. Aunque no es malo mantener una puerta abierta a la posibilidad de que entre esas cosas raras pueda surgir algo que finalmente merezca formar parte del corpus del conocimiento científico. No es la primera vez que ocurre algo así. En mi humilde opinión, no estamos en condiciones de afirmar rotundamente que ciertos fenómenos estudiados por la moderna parapsicología jamás tendrán una aprobación científica. Esa sería una afirmación muy atrevida. De hecho, científicos de intachable reputación se han preocupado de examinar los fenómenos psi con las herramientas de la ciencia, comprobando que no todo es patraña. Si un escéptico de la talla de Ray Hyman, miembro del CSICOP, tuvo la valentía de estudiar exhaustivamente los datos favorables obtenidos en las pruebas de percepción extrasensorial (ESP) llevadas a cabo en su día por el físico Helmut Schmidt y concluir que “su enfoque invalida muchas críticas anteriores sobre la investigación parapsicológica. Si existen defectos en su trabajo, no son ni evidentes ni comunes”, eso debería ser motivo más que suficiente para que la ciencia no cierre sus puertas a todo lo que le parezca extraño. Así pues, cabe preguntarnos: ¿Es la parapsicología una ciencia o una pseudociencia?… Su rechazo por buena parte de la comunidad científica ¿es una decisión ecuánime o responde más bien a los mismos prejuicios que se han tenido en otras épocas hacia los nuevos campos del conocimiento?… El tiempo lo dirá. Por lo pronto, no se la puede cuestionar por no haber demostrado un desarrollo teórico y metodológico (otra cosa es juzgar las pruebas obtenidas y determinar si los desvíos estadísticos por encima del azar son verdaderamente significativos o no son más que resultados parciales realzados deliberadamente). Es más, la parapsicología que desde los tiempos de Rhine se ha manejado en los laboratorios, se ha ceñido estrictamente a las normas de los procedimientos experimentales, formando parte desde 1969 de la prestigiosa Asociación Americana para el Avance de las Ciencias (AAAS). Consúltese, por ejemplo, la documentada obra Explicando lo inexplicado (Edit. Debate, 1993), escrita por los catedráticos de Psicología Hans J. Eysenck y Carl Sargent. Problema aparte es toda esa legión de charlatanes e impostores que han revoloteado en torno a lo paranormal y las indemostradas teorías trascendentalistas que muchos parapsicólogos defienden, ofreciéndonos una concepción mítico-religiosa de la realidad, incompatible por tanto con la concepción científico-racional. Creo que atribuir causas “ocultas” a los fenómenos anómalos estudiados por la parapsicología, presuponiendo de entrada que carecen de explicación natural, llevándolos al imaginario reino de lo sobrenatural (cuando es precisamente de ahí de donde debemos rescatarlos para integrarlos en el reino de lo inmanente), es querer huir de la duda escéptica y deleitarnos por enésima vez con trasnochadas ideas supersticiosas y mágicas, nacidas al amparo del animismo. En ese caso, considero que la parapsicología no merecería la menor atención científica, sino el desprecio más absoluto, debiendo ser entregada a los fabuladores para que hagan con ella lo que más les plazca (entre ellos, a esos insensatos que sostienen que los hipotéticos poderes psíquicos demuestran inequívocamente que poseemos un alma espiritual e inmortal). “Si no hay ninguna causa conocida, esto no nos permite atribuir una causa misteriosa o una fuente trascendental”, nos aclara el reputado escéptico Paul Kurtz refiriéndose a lo paranormal. Y ya que hablamos de asuntos que se mueven en las fronteras de lo racional/irracional, conviene recordar las sabias palabras de otro gran crítico, el recordado astrónomo Carl Sagan: “Me da la impresión de que lo que hace falta es un equilibrio exquisito entre dos necesidades contrapuestas: un análisis escrupulosamente escéptico de todas las hipótesis que se nos presenten y, al mismo tiempo, una enorme disposición a aceptar ideas nuevas”. Ideas nuevas sí, pero no fantasiosas ni asentadas en el pensamiento mágico.
El propio Shermer está de acuerdo en este punto:
“Hay personas que creen que el escepticismo supone rechazar cualquier idea novedosa o, lo que es peor, confunden ‘escéptico’ con ‘cínico’ y creen que los escépticos son una pandilla de cascarrabias que se niegan a aceptar todo pensamiento que ponga en tela de juicio el statu quo. Pero esto es un error. El escepticismo es una actitud provisional ante afirmaciones de todo tipo. El escepticismo es un método, no una postura. En principio, los escépticos no se embarcan en una investigación cerrada a la posibilidad de que un fenómeno sea real o de que una afirmación sea cierta”.
Y añade algo que me parece fundamental: “El problema del escepticismo puro es que, cuando lo llevamos al extremo, no se sostiene. Si somos escépticos con todo, tenemos que ser escépticos también con nuestro propio escepticismo”. Por tanto, debería quedarnos claro que el verdadero escéptico es aquel que duda, que cuestiona la validez de una afirmación reclamando pruebas que la demuestren, no el que niega a priori. Las afirmaciones han de ser examinadas para descubrir si son falsas. La ciencia acepta únicamente aquello que puede ser comprobable y rechaza aquello que no esté respaldado por pruebas que lo apoyen (el criterio de demarcación científica entre lo cognoscible y lo que no lo es -la llamada falsabilidad-, brillantemente enunciado por Karl Popper). Eso es precisamente lo que distingue la ciencia, que posee un mecanismo muy útil de autocorrección, de la pseudociencia, que no tiene por costumbre corregir los graves errores que comete, sino que reincide continuamente en ellos. “La ciencia es acumulativa y progresiva porque continúa mejorando y perfeccionando el conocimiento del mundo basándose en nuevas observaciones e interpretaciones”, apunta Shermer. Si la ciencia aceptara cualquier idea revolucionaria sin el menor examen crítico, sin pasarla previamente por el filtro empírico de la observación y la experimentación, dejaría inmediatamente de ser ciencia. Sería una cosa muy distinta a la sencilla y clara definición que nos ofrece el biólogo E. O. Wilson: “La ciencia es la empresa sistemática de recopilar conocimientos sobre el mundo, y de organizar y condensar dichos conocimientos en leyes y teorías comprobables”. El pensamiento postmoderno, que trata de vendernos mediante absurdas cabriolas dialécticas un radical relativismo epistemológico (la falacia de que todo conocimiento es igual de válido, por muy absurdo que sea) y una injusta crítica al método científico, hasta ahora ha sido incapaz de mostrarnos herramientas más útiles que las proporcionadas por la ciencia para avanzar hacia una mayor comprensión de la realidad. “La ciencia está lejos de ser un instrumento de conocimiento perfecto. Simplemente, es el mejor que tenemos”, afirma Carl Sagan.
ESCÉPTICOS SÍ, DETRACTORES NO
Hacen falta muchos más escépticos en el mundillo de los fenómenos anómalos (crédulos hay de sobra). Pero a pesar de mi actual enfoque escéptico, hay algo en lo que no estoy de acuerdo. Y es que los detractores -que falsamente se denominan escépticos- suelen mofarse de los testigos y de quienes creen en tales cuestiones. Ven en ellos comportamientos malintencionados y fraudes deliberados, siempre con un móvil lucrativo detrás. Y no es así. O, al menos, no necesariamente. Que estén confundidos no significa que sean deshonestos. Shermer habla con propiedad, pues conoce a muchos testigos y creyentes: “En mi opinión, la mayoría de las personas que creen en milagros, monstruos y misterios no son lunáticos, embaucadores o artistas de lo ilusorio. La mayoría son personas normales cuyo pensamiento, por alguna razón, siguen sendas equivocadas”. Una persona que, por ejemplo, protagoniza un avistamiento OVNI, no tiene que estar necesariamente familiarizada con los fenómenos atmosféricos y astronómicos. Ni tiene que saber nada sobre las características de un globo-sonda o de cualquier avión de última generación. Ni le tiene que mover la fama o el lucro. Los OVNIs existen por pura definición: son objetos volantes no identificados. Nada más. Distinto es asegurar que esos OVNIs tengan un origen extraterrestre. Dicha hipótesis es insostenible a la luz del razonamiento lógico cuando analizamos a fondo la casuística ufológica. Si tuviésemos pruebas fehacientes, sería ridículo que la ciencia rechazara esa supuesta presencia alienígena en nuestros cielos, puesto que lleva mucho tiempo buscándola con empeño. Ahí tenemos el “Proyecto SETI” por ejemplo. Pero si alguien ve algo raro sobrevolar su cabeza sin saber de qué se trata, sus creencias y prejuicios -sumados a su falta de información- pueden hacerle pensar que está ante un artefacto alienígena. El mito extraterrestre está implantado en nuestra cultura occidental desde mediados del siglo XX -potenciado por los medios de comunicación, la ciencia ficción y la carrera espacial- y ya forma parte del imaginario colectivo. Hay mucha gente convencida de que estamos siendo visitados por seres de otros mundos. Se trata de una afirmación sin pruebas objetivas que la respalden. Los casos OVNIs que carecen de explicación no significa que sean inexplicables. Son, sencillamente, inexplicados. Muchas veces, esos casos están desprovistos de una investigación más rigurosa. De hecho, cuando se han reinvestigado antiguos incidentes ufológicos, sobre todo por investigadores cualificados y nada crédulos, se han obtenido datos suficientes que han hecho posible hallar explicaciones convencionales a los mismos. Y para más inri, algunos de los casos clásicos hoy sabemos que fueron grandes fiascos.
Según Shermer:
“Existen muchos misterios sin resolver genuinos en el universo y no ocurre nada por decir: ‘Todavía no podemos explicarlos, pero algún día tal vez sí lo hagamos’. El problema es que a la mayoría nos resulta más reconfortante la certidumbre, por mucho que sea prematura, que vivir en medio de misterios inexplicados o sin resolver”.
El detractor ridiculiza también a los abducidos por extraterrestres. El escéptico no, sino que busca posibles explicaciones psicológicas a dichas experiencias. Yo he entrevistado a varios abducidos y no buscan popularidad, más bien al contrario, prefieren permanecer en el más absoluto anonimato. Me narraron sus experiencias con angustia, algunos de ellos entre sollozos, viviendo todo aquello con un constante temor. Realmente son personas que han protagonizado una experiencia traumática y necesitan ayuda. Sabes que no te están mintiendo. Han sentido a su alrededor la presencia de seres extraños que les acechan en la oscuridad de la noche, viajando por una carretera solitaria o cuando se hallan en la cama, en esa fase intermedia entre la vigilia y el sueño. Los abducidos no son borrachos, drogados o mentirosos, como sugieren los detractores sin ningún fundamento ni respeto. Pero entonces ¿son experiencias reales en las que intervienen alienígenas raptores, como así creen quienes las han protagonizado? Por supuesto que no. La mayoría de esas personas han tenido episodios alucinatorios bajo un “estado alterado de conciencia”, expresión acuñada por el parapsicólogo Charles Tart hace cuarenta años. Es la explicación empleada por Shermer y que yo suscribo:
“En mi opinión, el fenómeno de las abducciones extraterrestres es producto de un estado alterado de conciencia extraordinario que se interpreta a la luz de un contexto cultural conformado por películas, programas de televisión y literatura de ciencia ficción dedicada a alienígenas y ovnis. A esto se suma el hecho de que en las últimas cuatro décadas el hombre ha explorado el sistema solar y buscado indicios de inteligencia extraterrestre, con lo cual no es de extrañar que la gente vea ovnis y tenga encuentros con extraterrestres”.
La llamada “hipnosis de carretera”, así como las “alucinaciones hipnagógicas” que tienen lugar entre la vigilia y el sueño (“hipnopómpicas”, si es entre el sueño y la vigilia), explican perfectamente esos episodios de abducción, cuyo psicodrama es alimentado por el propio protagonista, a veces inconscientemente, interpretando la experiencia en función de sus propias creencias, fantasías y conocimientos adquiridos sobre el tema por influencia cultural. Por eso, el psicodrama de la abducción posee la misma carga arquetípica que cualquier otra experiencia visionaria u onírica (y se parece tanto a los encuentros con duendes, hadas e íncubos del folklore tradicional de otras épocas). Recordemos que en la película Los invasores de Marte (1953) observamos ya los mismos elementos que caracterizan una abducción, ¡ocho años antes de que tuviera lugar el primer incidente sobre un presunto secuestro alienígena! Por cierto, el propio Shermer sufrió una experiencia de abducción el 8 de agosto de 1983. En su libro explica con detalle su particular alteración de conciencia y cómo se produjo.
Otros temas abordados en Por qué creemos en cosas raras son la epidemia de acusaciones sobre brujería en la Edad Media, la falaz teoría del “diseño inteligente” (cuestión que ya he tratado ampliamente en este blog), el negacionismo del Holocausto (¡un 22% de los estadounidenses creen que no sucedió!), los falsos recuerdos de abusos sexuales en la infancia, la paranoia colectiva sobre supuestos rituales satánicos, etc. En suma, una obra excepcional que todo interesado debe leer para conocer qué razones nos impulsan a creer en lo irracional. Shermer lo tiene muy claro: “La razón de que la gente cree en cosas raras es que quiere creer en ellas. Se sienten bien. Es reconfortante (…) Las explicaciones científicas son complicadas y, para comprenderlas, requieren formación y esfuerzo. La superstición y la creencia en el destino y en lo sobrenatural ofrecen un camino más fácil a través del complejo laberinto de la vida”. Aunque el precio que se ha de pagar por ese ilusorio efecto consolador suponga abandonar un preciado tesoro que todos los seres humanos compartimos: la razón. ¿Realmente merece la pena?…


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