El fantasma de la libertad - Francisco J. Rubia

Título: El fantasma de la libertad

Autor: Francisco J. Rubia

Páginas: 192

Editorial: Crítica

ISBN: 9788498920086

Precio: 17.50 euros

Año de edición: 2009

Libro comentado por Moisés Garrido – La sombra de Chárvaka

“Los hombres se equivocan si piensan que son libres. Su opinión está hecha de la consciencia de sus propias acciones y de la ignorancia de las causas que las determinan.

Su idea de libertad, por tanto, es simplemente su ignorancia de cualquier causa de sus acciones”. El gran filósofo Baruch Spinoza (1632-1677) no podía imaginar que sus sabias palabras serían confirmadas siglos después por la moderna neurociencia, que está comenzando a cuestionar la existencia de un “libre albedrío”. Sobre esta sugerente cuestión, que tiene profundas implicaciones filosóficas, científicas y religiosas, versa el libro El fantasma de la libertad (Crítica, 2009), escrito por el reputado neurólogo Francisco J. Rubia. En su opinión, “probablemente el libre albedrío es una ilusión, una más de todas las ilusiones que el cerebro genera, y en la que siempre estamos dispuestos a creer”. El doctor Rubia es catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, miembro numerario de la Real Academia Nacional de Medicina y Vicepresidente de la Academia Europea de Ciencias y Artes. Su especialidad es la Fisiología del Sistema Nervioso. Y es autor de, entre otros libros, La conexión divina (Crítica, 2002), ¿Qué sabes de tu cerebro? (Temas de Hoy, 2006) y El cerebro nos engaña (Temas de Hoy, 2007).

En el libro que nos ocupa, El fantasma de la libertad, su autor intenta responder, desde un enfoque puramente científico, a preguntas cruciales: ¿Somos verdaderamente libres o esa libertad, ese libre albedrío del que presumimos no es más que una vana ilusión? Si nuestro universo está gobernado por leyes deterministas, ¿acaso nuestro cerebro no está también sometido a esas mismas leyes deterministas? ¿Es, pues, compatible la libertad con el determinismo?… Los neurocientíficos no aceptan el punto de vista dualista -que sugiere la existencia de un alma inmaterial que controla nuestro cerebro-, puesto que no se ha encontrado una estructura cerebral que pudiera ser la sede de dicho ente inmaterial y, en cambio, sí sabemos que los procesos mentales son propiedades emergentes de las actividades neuronales. “La interacción de un ente inmaterial con otro material plantea serios problemas, ya que por su propia naturaleza el ente inmaterial no posee energía, pero ésta se necesita para poder actuar sobre la materia cerebral. En otras palabras: esta supuesta interacción violaría las leyes de la termodinámica, así como la unidad causal del mundo material”, explica el doctor Rubia, para quien todas las funciones antes llamadas “anímicas” -hoy mentales o intelectivas-, son producto de la actividad cerebral. Por un momento, pensemos lo que supone reconocer que no existe la voluntad libre, esa libertad que según los creyentes nos ha regalado Dios para elegir entre el bien y el mal. ¿Qué podríamos entonces decir de conceptos como culpabilidad, responsabilidad o imputabilidad? ¿Hasta qué punto seríamos responsables de nuestros actos?… Aceptar que realmente no somos libres tendría tremendos efectos para todos nosotros, ya que nos obligaría a revisar los propios pilares de nuestra civilización judeocristiana. “Tendría consecuencias también a nivel penal, ya que las penas están ligadas a la imputabilidad y culpabilidad. Y, además, la falta de libertad conllevaría la ausencia de responsabilidad y culpa, de manera que se cuestionaría la existencia misma del pecado”, subraya el doctor Rubia. Por lo pronto, neurocientíficos y penalistas ya están reuniéndose para discutir las repercusiones que tendrían estas investigaciones. Prueba de ello es el encuentro de especialistas que tuvo lugar en Hannover (Alemania) en febrero de 2008, bajo el título: “La culpa y el yo. ¿Revoluciona la investigación cerebral el derecho penal?”.

La idea de que el libre albedrío es un mito, ya fueron planteadas por filósofos de la Ilustración de la talla de Julien Offray de La Mettrie (1709-1751) y Paul Henri Thiry, barón de Holbach (1723-1789), de quien hablaré en este blog próximamente, por sus sólidas ideas ateístas. Ambos cuestionaron el dualismo metafísico cartesiano (la separación cuerpo/alma), identificaron las funciones psíquicas con los estados cerebrales y concluyeron que el hombre, que no posee ninguna sustancia divina, está sometido a las leyes causales de la Naturaleza. La misma opinión que hoy sostienen los neurocientíficos, bajo el prisma de la avanzada investigación cerebral. “Si el determinismo es cierto, cada cosa que hacemos está causada en última instancia por sucesos y circunstancias fuera de nuestro control. Si cada cosa que hacemos está causada en última instancia por sucesos y circunstancias fuera de nuestro control, no somos las fuentes últimas (origen, causas primeras) de nuestras elecciones. En consecuencia, nosotros no somos las últimas fuentes de nuestras elecciones y, por tanto, no tenemos voluntad libre (del tipo requerido para la responsabilidad moral)”, sostiene el doctor Rubia.

Todos creemos tomar decisiones que nos parecen libres. Nos sentimos con plena libertad. Pensamos que elegimos o rechazamos algo por nuestra propia voluntad, pero ¿y si es una falsa impresión subjetiva?… Este ha sido uno de los asuntos claves de la filosofía y la psicología, pues si no existe el libre albedrío nuestras consolidadas ideas sobre la libertad, la responsabilidad, la culpabilidad, etc., se pondrían inmediatamente en entredicho. Así nos lo explica el doctor Rubia:
“El primer problema que se plantea radica en que el universo se rige por leyes deterministas, según las cuales el estado del mundo en cualquier momento está fijado en todos sus detalles por estados previos y por las leyes de la naturaleza. Si ese determinismo es cierto, nuestras acciones son simplemente una confluencia de sucesos causales que se iniciaron mucho antes de nuestra propia existencia y son esas condiciones anteriores las que determinan nuestras acciones y no nosotros mismos. La presunta autonomía de mis acciones sería una pura ilusión, ya que el cerebro, como materia que es, tiene que estar sometido a las mismas leyes de la naturaleza que rigen el resto de la materia del universo”.

Pensemos, por otro lado, en nuestros deseos, sobre los que apenas tenemos control alguno. Si provienen del inconsciente, siendo por tanto ajenos a nuestra voluntad consciente, ¿hasta qué punto somos responsables de los actos que cometemos a raíz de esos deseos incontrolables?… “Las acciones derivadas de motivaciones inconscientes no hacen que esa persona posea libertad”, afirma el neurólogo. Por su parte, Benjamin Libet, de la Universidad de California, realizó ciertos experimentos con varios sujetos para saber en qué momento previo al movimiento de sus dedos, los sujetos tenían la impresión subjetiva de que iban a moverlos, con la convicción de que era la causa de la actividad cerebral y del movimiento. Esa impresión tuvo lugar unos trescientos cincuenta milisegundos después de que se produjera el potencial preparatorio motor y doscientos milisegundos antes de que se moviesen los dedos. Conclusión: la actividad cerebral no era la consecuencia de la sensación subjetiva de voluntad de acción, sino que precedía a esa voluntad. El libre albedrío quedaba, por tanto, descartado, pues la intención consciente no era la causa de la acción. “La iniciación del acto voluntario libre parece comenzar en el cerebro de manera inconsciente, ¡mucho antes de que la persona sepa conscientemente que quiere actuar!”, aclara Libet. Se han realizado otros experimentos que dan la razón a Libet y a los partidarios del determinismo, a la hora de demostrarse que la impresión subjetiva de voluntad es consecuencia de la actividad inconsciente del cerebro, y no su causa. Ya decía Freud que “el hombre no es dueño ni señor en su propia casa”. Gerd Gigerenzer compartía la misma opinión al afirmar que “buena parte de nuestra vida mental es inconsciente, se basa en procesos ajenos a la lógica: reacciones o intuiciones instintivas”. Idea que el doctor Rubia resume así:

“La inmensa mayoría de las funciones cerebrales son insconcientes. Desde luego, los mecanismos de supervivencia parece que se han confiado al sistema límbico, cuyas funciones son inconscientes. Quedaría por explicar, cuestión de la que hasta ahora sólo existen hipótesis, cuál sería el papel de la consciencia, pero lo fundamental para el tema que nos preocupa es que probablemente los procesos inconscientes son decisivos en la toma de decisiones”.
Es bastante significativa la cifra que barajan los especialistas: sólo un 0,1% de toda la actividad del cerebro se hace consciente. Siendo así, ¿dónde queda el libre albedrío? ¿Hasta qué punto somos responsables de nuestros actos?… Lo que el doctor Rubia deduce de todo ello puede resultar inquietante desde un punto de vista ético, puesto que tanto el derecho penal y el derecho civil se podrían ver seriamente afectados:
“Si no existe libertad, no se concibe la culpabilidad ni la imputabilidad, de manera que no se debe castigar a aquellos miembros de nuestra sociedad que transgreden las leyes que nosotros mismos hemos creado para permitir una convivencia pacífica. Cabe suponer que ningún nuevo conocimiento podrá cambiar este hecho, pero sí cambiará la imagen que nos hemos formado del criminal o transgresor de esas leyes, pues no será culpable pero, en beneficio de la sociedad, deberá ser aislado”.

No es de extrañar que ya se hable de una “revolución neurocientífica” que cambiará la imagen que hasta ahora teníamos del mundo y del ser humano. Entre esas investigaciones científicas, que están deconstruyendo los viejos modelos dualistas, están aquellas que estudian las estructuras cerebrales implicadas en la fe religiosa y en las experiencias místicas. El doctor Rubia ha analizado el tema en profundidad en su excelente libro La conexión divina, donde responde a preguntas como: ¿Es la fe religiosa una mecanismo neurobiológico para amortiguar la angustia que nos produce la muerte? ¿Por qué hay personas más predispuestas que otras a las creencias religiosas? ¿Se pueden provocar experiencias místicas mediante la estimulación eléctrica de ciertas áreas del cerebro? ¿Es Dios un producto de nuestra mente?… Pues bien, el doctor Rubia tuvo la gentileza de concederme una entrevista hace varias semanas para charlar a fondo de este fascinante asunto, que ya tiene un nombre: Neuroteología. El reportaje acaba de salir publicado en el nº de octubre de la revista MÁS ALLÁ DE LA CIENCIA, ya disponible en los kioscos. Si pueden no se lo pierdan. Posiblemente, tras su lectura, se replanteen muchas ideas que tenían hasta ahora sobre ese impulso tan poderoso que es el sentimiento religioso…

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