Inopia - Juan Manuel Gil
Título: Inopia
Autor: Juan Manuel Gil
Páginas: 130
Editorial: El Gaviero
ISBN: 978-84-935544-7-7
Precio: 14 euros
Año de edición: 2008
Libro comentado por José Nicolás González Criado – Montaigne en la playa
Inopia comienza con la descripción de tres espacios desolados, ajenos a cualquier presencia, y acaba con un críptico diálogo cinematográfico.
En medio, cinco historias largas y discontinuas que se entrecruzan con breves relatos de desapariciones: la cheeveriana historia de Héctor y Lola, tan llenos de cócteles y ginebra como faltos de sustancia, en la que el desaparecido es un teléfono; la cortazariana de P., que se persigue a sí mismo y a su destino, como aquel trasunto de Charlie Parker en El Perseguidor; la de Pantani, que no relata la reconstrucción de su muerte y sus circunstancias, sino las anodinas vidas de los inspectores encargados de su caso: Naldini y Carano, y de su libreta, con ciertas resonancias del Milorad Pavić de Pieza única, o eso me parece a mí; la desnuda narración de Yassine y Carmela, la única sin ningún tipo de referencias ni revestimientos cinematográficos, literarios o mediáticos, y finalmente; la humorística, grotesca y meta-literaria historia del bibliotecario no borgiano, sistematizador y monomaniaco que sublima sus impulsos con fantasías erótico-literarias.
Pero, habría que decir, citando a Neuman, que: “…la fragmentariedad es mucho más que la unidad subdividida”. De alguna manera, los pequeños comentarios y la adjetivación que he dedicado a los cincos principales relatos tienen su pleno sentido considerándolos solo individualmente. Pero este no es un libro compuesto únicamente por cinco relatos, ni siquiera es un libro de relatos; es una novela.
También es lo que Cortázar (citado por Neuman) llama un take, una jazzística (o barroca) improvisación a partir de una idea o tema. Quizá sea, asimismo, un texto conceptual. La inopia es la idea que todo lo aglutina, y que se nos revela a lo largo de la novela travestida en: fuga, huida, desaparición o muerte.
Esta frase, que aparece en uno de los capítulos de la historia de P.: “…como si sólo hubiera una única calle por la que transitar en una ciudad fantasma”, deja muy a las claras el procedimiento con el que Juan Manuel Gil ha llevado a cabo la redacción final, la reconstrucción, de esta su primera novela. Gil hace avanzar todas las historias entrecruzándolas, al alimón, y por la misma vía, la única posible sin que se desfragmenten (no serían viables como bloque monolítico, sin subdivisiones), o se desestructure la novela (de tal modo, se convertiría en un libro de relatos). No hay otras opciones de lectura, de la manera que sí las hay en Rayuela, no estamos ante una obra abierta, no hay más forma de transitarla que la que el autor propone. Entonces, nos encontramos con el mismo problema que en las llamadas novelas decimonónicas, ¿no? Pero esto, aparte de una maldad, es una falacia; falla la premisa. ¿Quién ha dicho que este libro sea una novela? ¿O una colección de cuentos? ¿O cualquier otra cosa? El autor, no. En las páginas de este libro no se plantea ninguna tesis literaria; este no es un libro de auto-ficción. ¿Es un híbrido? Puede, pero, ¿de qué? Veamos lo que dice Neuman sobre los géneros literarios: “…más que a la hibridación de unos géneros todavía distinguibles, pienso que nuestra época tiende hacia la disolución de esos géneros, en tanto que objetos definidos”. Es su opinión. ¿Es una novela hipertextual? Veamos cuáles son las características de los hipertextos según Nelson, citado por Neuman: divergencia, fragmentación, interactividad, no linealidad y descentramiento.
Divergencia: entendida como disparidad de opiniones, voces, puntos de vista o desmembración de los relatos o del conjunto no la he hallado, es más, desde mi punto de vista todas las historias más que resolverse individualmente o confluir, se precipitan artificialmente hacia una solución final unívoca y predeterminada. Fragmentación: sí, pero sin mayor intencionalidad que mantener al lector interesado hasta el final. Un gran acierto. Interactividad: el autor nos plantea dos juegos interactivos. En el primero debemos ir descubriendo la red de sutiles hilos que unen los capítulos (nada de vasos comunicantes, como plantea Goran Petrović), con sus reiteraciones y su trasiego de elementos (ginebra, traslucidez, olor a amoniaco o a cloro, puertas de garaje, y otros abalorios) entre unas historias y otras. En el segundo, un buen lector, es decir, alguien que haya leído lo mismo que el autor y visto las mismas películas, deberá descubrir las múltiples referencias literarias y cinematográficas que salpimientan sutilmente la novela (me quedo con el homenaje al Orejudo de Ventajas de viajar en tren en el relato de la desaparición de Houellebecq. No linealidad: sorprendentemente, la mayoría de los relatos son, en síntesis, lineales. Cada uno a su manera, están construidos más que a base de elipsis, de la adición o yuxtaposición de planos o secuencias, con saltos espacio-temporales de escasa entidad que facilitan su comprensión. Descentramiento: obviamente, ninguna historia ni ningún personaje tienen suficiente peso para ocupar un lugar central. Bien pensado, la cercana voz en tercera persona, omnipresente en todos los relatos, es el principal elemento unificador y, desde luego, ocupa el centro magnético que deja vacante inopia: el concepto.
Esta otra frase: “Por primera vez sintió su soledad como una acción y no como un estado” define a la mayoría de los personajes que transitan esta obra. Los personajes están, todo les sucede, no actúan, parecen carecer de voluntad. En ese sentido comparten la incorporeidad con los fantasmas de los relatos góticos de aparecidos, desdibujados, sin perfilar, como reflejados en un espejo empañado, vagando hacia un destino contra el que no pueden luchar, hacia la inopia, la pobreza de espíritu, la vacuidad, la ausencia. Esta novela tiene algo de negativo fotográfico, de vaciado escultórico; como si el autor nos hubiese hurtado lo fundamental, para mostrarnos los intersticios, lo en apariencia más insustancial, dejando el resto en la oscuridad. Esto podría tener algo de invitación al lector para llenar ese vacío, para iluminar esa oscuridad, pero, en todo momento, he tenido la sensación de que las historias me llegaban exhaustas. Si me tengo que quedar con algo es con la valentía del intento, aunque no son nada desdeñables las dotes de escritor de Gil, sobre todo la precisión de su lenguaje y ese contenido hálito poético que impregna su escritura. Sobran, creo, tantas referencias a Almería, que solo son comprensibles por la excesiva querencia.



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