Enciclopedia de los muertos - Danilo Kiss
Título: Enciclopedia de los muertos
Autor: Danilo Kiss
Páginas: 208
Editorial: Acantilado
ISBN: 9788496834590
Año de Edición: 2008
Precio: 15 euros
Comentario de Guillermo Barquero - sentenciasinutiles.blogspot.com
Cerca de la Escuela Juan Rafael Mora, en la esquina en que la calle 20 y la avenida 1 se encuentran, está la terminal de los buses que me traen hasta mi casa.
Cuando digo terminal, quiero decir que en la cera hay una señal vertical que indica, de una manera por lo demás bastante poco clara, que ahí se toman los buses de por estos lados. Por muchos años, en esa esquina, se levantó una hermosa casa que se nota que tenía unos setenta o más años —en la esquina propiamente dicha, había una tienda de colchones y artículos relacionados; la casa de habitación estaba a la par, hacia el oeste; las dos estructuras eran parte del mismo diseño arquitectónico— una antigua casa señorial con la que alguna vez fantaseé como escenario del cuento El fornicador, de Victoria Urbano. El lunes antepasado, cerca de las ocho de la noche, llegué a la terminal. Me topé con un fantasma: lo único que quedaba de la casa y de la tienda de colchones, era su fachada, incólumemente levantada, con la pintura inalterada; permanecía un simple cascarón de la casa antigua un tercio madera, un tercio cemento, un tercio ladrillo. Quizá ese mismo día, o durante los días anteriores, todo el interior había sido demolido, casi totalmente echado abajo, dejando expuestos los maderos viejos, la carne brillante de los ladrillos viejos, la argamasa y el metal doblados. El escenario de El fornicador transformado en algo siniestro y con olor a humedad. Se notaba que habían dejado, hasta ese momento, solo el cascarón de la estructura, por las ventanas destruidas, la puerta principal inexistente, y algunas porciones de algunas paredes desaparecidas.
En esa casa vivía un pintor. A veces, cuando esperaba el bus, miraba hacia un interior vermeeriano en el que un hombre flaco, siempre vestido una gabardina gris y una boina de un color similar —esos no son detalles románticos, es lo que más fielmente soy capaz de recordar—, pintaba, casi recostado sobre el lienzo; decenas de pinturas se apilaban en el cuarto, que ese primer día de la devastación era solo un fantasma de varillas, huecos y madera.
Hoy en la mañana esperé de nuevo el bus. Solo el dintel de la puerta principal estaba en pie, resistiendo como una de esas cabezas misteriosas de la Isla de Pascua. Todo el interior era un cúmulo de escombros, una masacre cementicia y ferruginosa. Bueno, no todo: unas columnas delataban que la antigua casa tenía un piso subterráneo, un sótano que en una casa moderna sería impensable diseñar. Casi en la esquina, un hombre sacaba de los restos, ayudándose con una especie de macana imperfecta, todos los ladrillos antiguos que podía. Me di cuenta que solo se preocupaba por los que estuviesen enteros, no por los agrietados, o por los pedazos, o por los remedos de cemento. Apilaba, casi en la cera, las piezas rojas que iba extrayendo, después de quitarles las costras de tierra pegadas por los días (pocos pero mortales) que habían pasado después de las primeras demoliciones. Quitaba tierra, ponía el ladrillo sobre otro al que antes le había quitado la tierra; repetía la operación una y otra vez, una y otra y otra ves más. Ya tenía un buen número de ladrillos rojos. Eran las once cuando llegué. El bus no pasaba. El calor era atroz. El trabajo del hombre de los ladrillos era espantoso.
Pensé en qué haría el hombre con todo eso que sacaba; quizás lo vendería… Lo vendería, con certeza, no sacaba ladrillos a esas horas de infierno por diversión o por gusto. Era un hombre flaco, de brazos nervudos pero flaco.
Pensé en la vida de ese hombre. Traté de imaginarme qué hacía todos los días, cómo vivía, qué cosas había tenido que pasar para estar ahí, un sábado 20 de junio de 2009, en las ruinas de una antigua casa en la que vivió un pintor y a la par de la cual se vendían colchones y almohadas y partes de camas. Nadie existe solo, por más solo que esté en cierto momento. Ese hombre pudo haber estado enamorado de una niña cuando fue a la escuela, o pudo haber besado a una muchacha en el colegio, si alcanzó a ir al colegio. En algún momento, cuando fuma en su cuarto —no me puedo imaginar sus condiciones de vida, no sirvo para político que se pone en los zapatos de los muy pobres—, recuerda ese beso adolescente, ese temblor en el pecho, ese vacío en el estómago. Recuerda los paseos y las cervezas, los pleitos y las balas, las tumbas y las prisiones. Y todo eso le pertenece.
El hombre morirá, con toda seguridad, como todos. En una enorme biblioteca habrá muchos estantes que contengan la letra con la que comienza su apellido. Una auténtica enciclopedia de los muertos, en la que estará la sensación que tenía el hombre al tocar los ladrillos un caluroso sábado de junio de 2009; el enamoramiento y el beso de la muchacha de pelo rizado —¿cómo imaginarla de otra forma?—; los escombros y la vida subterránea desvelada, exhumada con los bajop, el pintor que se mudó para quién sabe qué casa de la capital o de alguna de las provincias (esto no lo sé, pero en la enciclopedia aparecerá con lujo de detalles), las condiciones políticas de las épocas en las que le tocó vivir, las sociales, las económicas. Y estaré yo en esas páginas, y una muchacha que esperaba también el bus y que se dormía a ratos (llevaba ropa de hospital, seguramente había dormido muy poco), y el bus y el poste vertical que hace de terminal.
Eso es Enciclopedia de los muertos, de Danilo Kiš, un relato extraordinario, de esos que dejan huella, que marcan, que ponen a pensar en la vida y en las vidas de todos los que han tocado nuestra existencia con su proximidad o su belleza, su odio o su saliva. “Every individual is a star unto himself, everything happens always and never, all things repeat themselves ad infinitum yet are unique”, nos dice la narradora, quien ha pasado todo el día leyendo los tomos de la enciclopedia en los que se incluye a su padre y sus pequeños actos (una intoxicación alimentaria, un beso, un paisaje, un recuerdo del mar, un rencor, un amigo muerto en batalla…), su vida de hombre común y corriente, de héroe anónimo.
¿En cuántos tomos de miles de personas muertas apareceremos, tocando sus vidas de soslayo, siendo recordados, siendo importantes por cinco minutos de un día en el que alguien nos pidió diez pesos para redondear un pase de bus, o en el que invitamos a alguien a una cerveza, o en el que olvidamos todo solo para sorprendernos con un hombre que quita tierra de unos ladrillos viejos, en una profesión ingrata?


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