La importancia de las cosas - Marta Rivera de la Cruz

 alt=Título: La importancia de las cosas

Autor: Marta Rivera de la Cruz

Páginas: 300

Editorial: Planeta

ISBN: 9788408085645

Año de Edición: 2009

Precio: 19.90 euros

Reseña de Blanca Vázquez - elgusanillo.blogspot.com

Los premios más ruidosos (publicitariamente hablando) del panorama literario español proceden de editoriales, la mayoría de ilustre posición mercantil, lo que apareja el que esos premios sean, evidentemente, comerciales.

Este festín de premios ha influido e influye sobremanera en la percepción de la calidad de la literatura, que mete en el mismo saco a fulanito y menganito; es el canon del éxito que descoloca el rango de los autores en el espacio literario. El libro como producto de consumo, más que como un arma de reflexión (masiva) y experimentación lingüística o filosófica, de entrada en otras realidades que huya de lo trillado. La posguerra española fue el detonante de estos premios, con el primero, el Nadal de 1944. Al que siguió un espabilado editor, José Manuel Lara, que hizo del premio Planeta el estandarte estrella de su editorial. Al que siguieron otros, como Seix Barral con su premio Biblioteca breve, o Anagrama con el Herralde. El mismo José M. Lara creó también el Lara, que reúne en su jurado a un conjunto de editores que conceden un cuantioso premio a compartir entre escritor y editor. Este más digno y excepcional.
Más independientes en un principio, estos premios se han ido convirtiendo con los años en instrumentos de promoción editorial-escritor, conformando un mapa literario cada vez más convencional y domesticado, sin dejar casi hueco a proyectos exigentes, iconoclastas, proteiformes, rigurosos, o radicales que transitan por carreteras secundarias, aupando un paisaje trampa, donde no se sabe si es el lector-cliente el que no tiene opción o se fabrica la opción que pide el lector-cliente, algo así como el debate de la telebasura y su pez que se muerde la cola.
La editorial Planeta, que ha crecido con la generación de nuestros padres y muchos de la nuestra, ha oscilado demasiado entre calidad, el talento que yo recuerdo más lejos que cerca (de hecho mi biblioteca contiene no mal número de sus publicaciones): Ana Mª Matute, Jorge Semprún, Juan Marsé, Francisco González Ledesma, Fernando Fernán-Gómez, Juan Benet, Manuel Vázquez Montalbán, Fernando Savater, Juan José Millas, Antonio Muñoz Molina… y la pura y dura aventura comercial, Torcuato Luca de Tena, José María Gironella, Mercedes Salisachs, Antonio Gala, Fernando Sanchez Dragó, Jaime Bayly, Espido Freire, o Alfredo Bryce Echenique que gusta jugar al plagio, al igual que Lucía Etxebarria o la reina del mismo, Ana Rosa Quintana… de regustos gazmoños y autores blindados, como diría Ignacio Echevarría, uno de los pocos críticos que más se acercan a la honradez, limpia de acomodaticio reseñismo.

Pero vayamos al grano. No me puedo creer que libros como La importancia de las cosas de Marta Rivera de la Cruz adquieran la atención que se les está dando en el panorama literario. Bien pensado, tal como se va deslizando el mercado editorial en la cultura del puro entretenimiento no sé de qué me escandalizo.
El espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela dice al lector: las cosas son más complicadas de lo que tú crees. Esa es la verdad eterna de la novela que cada vez se deja menos en el barullo de las respuestas simples y rápidas que preceden a la pregunta y la excluyen”. Me agarro a Milan Kundera para abordar esta simplicidad, este folletín de fácil pluma destinado a un público de pocas o esporádicas lecturas, que busca sosias de las series de televisón de una tarde de sábado. En un mundo confortablemente prejuzgado por las listas de ventas, la crítica es la tierra independiente donde aún cabe la discrepancia y la guerrilla.
La importancia de las cosas se sitúa en ese terreno del convencionalismo más atroz, nada y se ahoga en tópicos y lugares comunes, desbordada de sentimentalidad estereotipada dirigida a la sensiblería fácil de un lector educado pero no demasiado exigente, para el que la literatura es un entretenimiento sin más mordidas de polvo, ni laberintos de pensamiento.
Un libro, todo hay que decirlo, escrito muy correctamente, con decoro, y sin una sola errata (al parecer Planeta aún no ha prescindido de los correctores a pesar de la crisis). Con una idea que promete atención, el significado ulterior de nuestra relación con las cosas de las que nos rodeamos, y lo que a nivel psicológico dicen de nuestra relación con el mundo, nuestra comunicación, nuestra imaginación o nuestra situación emocional. Todo ello enmarcado en un ambiente universitario, con estrategias metaliterarias que podían haber desembocado en una trama rica, reflexiva, intimista, honda, doblegando el peso de la sintaxis para hacernos castañear los dientes; yuxtaponer diferentes espacios emocionales, (Kundera de nuevo) en lo que estriba el arte más sutil del novelista. Darle poder a la palabra, joder.
Pero Marta Rivera de la Cruz, de la que solo puedo hablar con referencia a este libro, (por lo tanto me coloco en la disyuntiva de que pueda ser su tropiezo, no todas las obras de un autor tienen que ser camicaces en excelencia) ha entrado de lleno en una palabrería sin fin, que alarga innecesariamente un volumen de 413 páginas. A cada rato tropezamos con redundancias y repeticiones que fatigan, (repeticiones que parecen de político), aprendido, pareciese, en un perfecto y cretino manual de escritura, quizá el que da su protagonista Mario Menkell, escritor casi retirado que enseña en una Universidad privada en la que sucumben todos los tópicos de medida universal (vamos, ni Corin Tellado). Pauta estilística constante, esa de la repetición y los diálogos de bazar, en un mercado ramificado en mil culebrones que acaban cerrándose en un increíble azar de casualidades circenses, porque solo en el circo se pueden dar esas coincidencias.
Repito, la idea parte de una buena salida: el encuentro del amor basado en la excusa de permanecer junto a alguien por la realización de una tarea interesante, la recogida de innumerables cosas y trastos dejados por un personaje, un coleccionista un tanto particular, que acaba de suicidarse. Un hombre que alquilaba un piso del profesor-escritor Mario Menkell, escritor este que tal cual trazado aquí, realmente no se entiende que interés puede suscitar, ni en una mujer ni en nadie. Mario está enamorado (en secreto) de otra profesora de la comentada Universidad de la maldades, donde gobierna un diabólico rector, Claudio Saldaña, que a la postre lo peor que ha hecho ha sido beneficiarse -con que a- una alumna en otros tiempos: “¿Cómo había sido capaz de prolongar durante meses aquella situación demencial? Porque aquella tarde no fue la última, no, señor. Él y Laura Morales habían seguido follando –porque eso era lo que hacían, follar, con todas las letras-durante prácticamente todo el curso”. Mario y Beatriz emprenderán la tarea de ir guardando ordenadamente las cosas del suicida, una vez instalada Beatriz en dicho piso, debido a su separación matrimonial. Se enamorarán con el trato, y descubrirán datos, a través del muerto (profesor de música), que incumben muy personalmente a la vida y pasado de Menkell, hasta el punto de hacerle volver a escribir, por supuesto, otra novela de gran éxito.
Dotada la historia de un maniqueísmo sin precedentes, todo el folletín oscila entre el blanco o negro, con una amplia gama de posibilidades estereotipadas de relleno: genial escritor huidizo que no escribe; violencia de género; un cáncer de mama estratégico; un amor eterno sustentado solo en pocos y mínimos encuentros sin trato; una anciana húngara aristocráticamente recortada, que tiene una pantalla de plasma de 50 pulgadas y un equipo estéreo, y gracias que no reflexiona sobre el sentido de la existencia y el destino, con novio de su misma edad y que se va la India; tópico uso de la rebeliones contestatarias estudiantiles; no puede faltar el editor carismático de la “exitosa” editorial que se acuesta con su directora editorial o ayudante; hasta Salman Rushdie y su fatwa, una oportuna madrastra joven que realiza el jaque mate, el viaje adecuado para abrir la caja de Pandora, las feministas y sus sobacos, el novio mafioso-italiano, son cartas siempre guardadas para el momento decisivo, sin hablar del uso constante de la palabra “puta”, colgada como un chorizo en una pastelería. O risibles descripciones, como la de los primeros sentimientos amorosos de Beatriz: “un cosquilleo difuso en una región indefinida e intangible”. Sería, sin embargo, injusto no aludir a aquellos párrafos con interés, en los que tal vez, Rivera de la Cruz debió hacer más pie: “Después de un mes hurgando en las cosas de otro, en los secretos de otro, en la vida de otro, estaban convencidos de haber adquirido una especie de patente de corso que les daba derecho a abrir todas las puertas, a husmear en todos los rincones. Ya no había nada sagrado, nada que pudiera ocultárseles, ningún secreto que no tuvieran derecho a conocer en toda su extensión”.

Un lienzo abracadabrante, que como pone la autora en boca de su desaborio Menkell, no hace una novela. Una cadencia literaria desprovista de lírica, con interpretaciones sesgadas, vacuidades mil, simplificaciones excesivas, que hilvanan un texto sin capacidad de convicción.
Hay que seguir luchando desde nuestras continuas lecturas y conocimiento para que estas obras y autores no se deslicen por error, como decía Elias Canetti, en la historia de la literatura sin que haya quien los saque.

4 Respuestas para “La importancia de las cosas - Marta Rivera de la Cruz”


  1. 1Ariadna

    Afortunadamente el mundo no sólo está integrado por personas del alto nivel intelectual de Blanca Vázquez. No todo el mundo tiene como libro de cabecera el “Ulysses” de Joyce o “La insoportable levedad del ser” de su admirado Kundera. Creo que la gran mayoría de lectores se decantan más bien por obras de menos enjundia literaria y más asequibles a su entendimiento o más adecuadas a su búsqueda de entretenimiento y de disfrute de historias con alma, con sentimiento, con elementos cercanos, cotidianos y comprensibles por cualquier persona. Yo, que también he leído a Joyce y a Kundera (me entusiasmó “La insoportable…”), recomiendo la lectura de “La importancia de las cosas” de Marta Rivera de la Cruz, así como de su anterior obra “En tiempo de prodigios” que también me proporcionó momentos de lectura placentera con una historia emocionante, intensa y bien escrita, eso sí sin los rebuscamientos de otros autores.
    La literatura es para todo tipo de lectores y no creo que haya que despreciar los libros que no nos gustan o que creemos que no están a nuestra altura intelectual y mucho menos con argumentos tan maliciosos como subjetivos.

  2. 2Jose

    Yo he leido La importancia de las cosas y me ha gustado, me ha hecho pasar un rato agradable. Yo leo muchos libros y no todos me gustan hay algunos incomibles para mi, pero este libro lo recomedaria, claro que quizás despues de leer la parrafada de la tal Blanca Vázquez, parece ser que
    el resto de personas que tenemos la costumbre de leer, no estamos a su nivel intelectual o cultural para tener nuestra propia opinión sobre lo que leemos. De todas formas pienso que los libros como las peliculas o te gustan o no te gustan y a mi La importancia de las cosas me ha gustado.

  3. Estamos leyendo La importancia de las cosas, todos y cada uno de los miembros del club de lectores de Cadiz.Y digo todos porque aunque cada uno lo lea en casa, se comenta después entre todos.Salvo alguna excepción la acogida ha sido unánimemente positiva. Y estamos acostumbrados a leer escritores ya célebres, no por sus premios sino por su dilatada trayectoria en la narrativa contemporanea.Por eso me choca la manera un tanto rebuscada y despreciativa del análisis realizado por Blanca Vazquez.

  4. 4Enrique

    Tenéis todos razón, o razones, vamos La tremenda diatriba de Blanca V. está bien fundamentada en criterios de valoración desde un punto de vista estético-literario que revelan la escasa trascendencia de la novela. No es cierto que carezca de erratas (o más bien fallos tontos): hay algunos personajes, muy secundarios, cuyo nombre cambia a lo largo de la obra (un Rodrigo se transforma en Federico, por ejemplo y aun hay algún otro más, un profesor compañero de Menkell… )y sí parece que la historia está resuelta con bastante apresuramiento y la explicación final no es muy convincente. Pero, sin duda, entretiene, “engancha” y está escrita con sencillez y limpieza pese a las evidentes reiteraciones.

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