El boxeador polaco - Eduardo Halfon

Título: El boxeador polaco

Autor: Eduardo Halfon

Páginas: 112

Editorial: Pre - Textos

ISBN: 978-84-8191-910-3

Precio: 13 euros

Año de edición: 2008

Libro comentado por Marta María López – El desván de los libros

¿Biografía o ficción? Todos estos relatos están protagonizados por un personaje llamado Eduardo Halfon y escritos por un autor llamado del mismo modo.

Poco o nada importa lo real o lo ficticio de estas historias porque lo que de verdad tiene importancia es el modo de contarlo, la manera que tiene Halfon de “agarrarnos” al libro, a cada uno de los seis relatos, de despertar nuestro interés, de deleitarnos.

Dice Pepe Cervera en su blog que el vínculo más evidente que encuentra entre todas estas historias es la melancolía. Yo, en cambio, encuentro como vínculo más evidente entre todos ellos lo que voy a denominar como “lo judío”. Halfon parece asombrarse de todas las casualidades que le llevan a toparse con judíos en cualquier parte, con personas que comparten su apellido materno (una camarera llamada Yael Tenenbaum) o con gente de nacionalidades como las de sus progenitores (polacos y libaneses). Todo le recuerda aquello de lo que quiere desligarse (“Ya no soy judío, le sonreí, me jubilé. Cómo que ya no, eso no es posible, gritó como suelen gritar los israelíes”, Fumata blanca, pág. 41).
Ahora que escribo esto, pienso que lo que le llama la atención quizás no es tanto “lo judío” que se va encontrando por el mundo como el hecho de ir topándose con piezas del rompecabezas de su propia identidad. Qué duda cabe que Pepe Cervera tiene razón en lo que se refiere a la melancolía con la que Halfon mira hacia atrás, hacia ese abuelo o ese especialista en Mark Twain, ambos conocedores de Auschwitz y Sachsenhausen. Precisamente el especialista en Twain, Joe Krupp, cuenta un chiste al final del relato Twaineando que creo que explica a la perfección el sentimiento de Halfon-personaje frente al mundo, como si no perteneciera a ninguna parte y siempre hubiese alguien (en este caso Krupp) que se fuera a dar cuenta de que él no está (Halfon parece sentir que nunca está) en el sitio que le corresponde.
Son muchos los temas que aparecen en estos relatos: el deseo al alcance de la mano que al final no disfrutamos (Fumata blanca), el sentimiento de extranjero en cualquier parte, de no pertenecer a ningún lugar (Twaineando), la imposibilidad de huir del pasado, o de lo que uno es, o de la herencia que nos dejan nuestros padres y abuelos (Epístrofe), la casualidad como motor que nos salva la vida o rescata una historia del pasado que, de otro modo, desaparecería para siempre (El boxeador polaco). Me gusta especialmente el primer relato del libro, Lejano, donde un profesor de universidad llamado Eduardo Halfon trata de enseñarles a sus alumnos, unos niños bien de una universidad privada, los engranajes y la magia de algunos de los relatos de los autores más destacados del género. Sólo dos alumnos se salvan en medio de la ignorancia y la abulia imperante en el aula: una chica que se siente profundamente sola y parece medio enamorada del profesor y, sobre todo, un muchacho de una zona rural muy alejada de la capital, un estudiante de ingeniería que escribe magníficos poemas y tiene una sensibilidad lectora que sobrecoge al profesor. El joven se ve obligado a abandonar la carrera tras la muerte de su padre y el profesor inicia un viaje hasta su aldea para devolverle una libreta con poemas. El final del cuento es revelador del futuro que le espera al poeta en su pueblo o al profesor en el aula: “Mirando hacia el cielo, dijo que muy pronto empezaría a anochecer”. Ese parece ser, según Halfon, el sino de las grandes sensibilidades guatemaltecas: el abandono, la imposibilidad de dedicarse a aquello que aman, mientras que la gente bien del país accede a estudios que no valoran y no les interesan y que, además, no necesitan pues su futuro está asegurado. Las universidades, parece decir Halfon, pierden a las grandes sensibilidades sepultadas en aldeas remotas, en trabajos duros, en una lejanía atroz y los profesores, a su vez, pierden la oportunidad feliz de compartir la literatura con alguien que de verdad la ama. Hay pocas cosas para un profesor comparables (lo digo porque lo sé) a los ojos alucinados de un alumno que acaba de enamorarse del fragmento que le leemos. Eso nos ayuda a nosotros a reenamorarnos de nuevo de un autor, de una obra, nos ayuda a verlo incluso desde otra perspectiva. Nos convierte en alumnos de nuevo. Nos enseña.

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