ENTREVISTA: Matías Candeira
Nombre: Matías Candeira
Libros: La soledad de los ventrílocuos
Entrevista: Marzo 2009
Entevista de Marta López – eldesvandeloslibros.blogspot.com
“Me gustaría apropiarme unos segundos de lo leído en algún cuento sufí o zen, ya que me puedo poner un poco estupendo sin rendir cuentas.“

1. Este es tu primer libro de relatos. Hasta llegar a él has recorrido, imagino, un camino largo. ¿Cómo ha sido esa trayectoria, desde que te pones delante de una hoja en blanco con conciencia de que quieres escribir un relato hasta que crees tanto en esos relatos que comienzas a moverlos por concursos y editoriales?
Bueno, supongo que mi camino ha sido como el de cualquier otro. Tópico es decir que los comienzos son difíciles, pero es una pauta que suele repetirse para quien no goza de más status que el que le proporciona su obra. Yo opino que esto es condición imprescindible para que luego no te acusen de no tener coartada. Tus libros tienen que hablar por ti. Es de Perogrullo, supongo.
y distinta a la que podía sentir en los comienzos. Es más reposada. Puedo pasar largas temporadas sin la necesidad febril de escribir, porque sé que llegará, lo mismo que el final de un texto que tenga entre manos o la publicación del próximo libro. Poco puedo decir de los primeros balbuceos, que se remontan a cuando yo tenía dieciséis años y era un impresentable tímido y simpático, hasta el momento actual, donde he puesto la primera pica en Flandes. Supongo que he educado mi mirada y mi exigencia frente al trabajo. Creo que hay un momento en la vida del que escribe en que mira su material y sabe, íntimamente, que podría pasar la frontera que hay entre la afición y elevar un discurso y una posición como creador. En el verano de 2006 supe con certeza que entre todos los relatos que había ido escribiendo había un libro oculto. Me pasé otros cinco meses seleccionando, puliendo hasta la extenuación, haciendo pruebas de orden. Casi me vuelvo loco, no es broma. Tras terminarlo, hubo otro larguísimo peregrinaje (más de dos años), no demasiado fácil, hasta que ha visto la luz en Tropo. Sobra decir que soy afortunado.
En todo este tiempo, para mí únicamente ha cambiado el tipo de zozobra con la que me enfrento a la escritura, mu
2. El libro está dedicado a Ángel Zapata.
Decía Pierre Reverdy, en un verso muy de mi agrado, que “ya no se puede volver a dormir cuando se han abierto los ojos”. Para mí Ángel Zapata es y será siempre un catalizador hacia la verdad, la utopía y la brecha que hay –que debe haber- en toda proposición artística y en toda mirada hacia lo real. Si te fijas, en este libro muchos personajes reciben un legado, puede que simbólico o no: conocimiento, dolor, una noción de lo real en apariencia oculta y por la que (supongo que eso es vivir) no volverán a ser los mismos. Hay además mucha literatura escrita sobre el acto del aprendizaje y la transformación, sea cual sea esa “apropiación o conocimiento de una nueva realidad virtual que transforma la mirada sobre la anterior”, a decir más o menos de Constantino Bértolo en La cena de los notables (Periférica). No venimos a este mundo por nosotros mismos, sino por la mano de otros. Y, generalmente, tampoco nuestro acceso a la literatura (en este caso, la escritura) es autónomo. Hay deudas. Muchas.
3. La voz de estos relatos está llena de surrealismo, de ironía y humor. Los narradores van llevando al lector a través de imágenes hermosas e infinidad de metáforas por una serie de situaciones que podrían ocurrir aquí y ahora, pero que aparecen sin rasgos costumbristas, sin referencias espaciotemporales a las que nos podamos aferrar.
Me gustaría apropiarme unos segundos de lo leído en algún cuento sufí o zen, ya que me puedo poner un poco estupendo sin rendir cuentas. Para mí Ángel sería ese tipo de aire sereno, descreído de toda convención oficial, con el que uno se encuentra a pie de una cascada inmensa y te dice: “Vamos, golpea la cascada”. En fin: claro que uno puede empezar a preguntar a voz en grito: ¿Por qué quieres que haga esto? ¿Para qué? ¿Cómo? Y ese señor grave vuelve a conminar: “Golpea la cascada”. Más tarde él se aleja, como debe hacer todo mentor. Tú te quedas solo, abandonas cualquier lugar seguro (pienso en el poema de Bretón) e intentas, cada vez de forma más intensa, apresar el agua a tu manera. Aún sigues escuchando el rumor de la espuma y la voz, ya lejana: “Exacto. Golpea la cascada”. Al cabo del tiempo, por ti mismo, solo, completamente solo, ves en qué consiste efectivamente golpear la cascada. Lo cierto es que los maestros le proveen a uno de cierto conocimiento y lucidez antes desconocidos, pero al mismo tiempo también le arrojan mágicamente a una sensación de desamparo que, me temo, nunca se irá.
A Ángel lo conozco hace años. Siento una tremenda admiración por sus textos y, en particular, porque posee un discurso de probada solvencia intelectual sobre la literatura y el relato como acto de escritura y de vida. Para mí es un amigo y un mentor que, por azares y conspiraciones (sin leyenda), es decir, que tienen algo de inexplicables, ha estado conmigo desde que este libro empezó a gestarse. Digo mentor en el mejor sentido de la palabra, al que uno respeta pero con el que, pasado cierto tiempo, también encuentra puntos desde los que se quiere distanciar. Por lo demás, él responde muy bien a la idea que tengo de lo que debería ser una auténtica ética de la escritura. La persona capaz de inocular en la vida de cualquiera que desee acercarse (yo lo hice) conceptos como deseo, utopía, política, miedo. Eso es un señor Miyagui (Spock, preferiría él) y lo demás son tonterías
Quizás la mejor manera de explicarme sea referirme al “realismo” en literatura (si es que a estas alturas alguien lo practica, que tengo mis dudas) como un procedimiento que, a mi modo de ver, acota demasiado el sentido de la narración, además de estar bastante gastado. Mucha de la literatura que me gusta y que pudiera ser considerada “realista” no creo que sea tal, por más coordenadas espaciotemporales que tenga (un año, una ciudad, una calle, un comportamiento, un suceso real…) Para mí el realismo es ese lugar donde no pueden ocurrir ciertas cosas y está prohibido narrar la imposibilidad o la fantasía, el lenguaje del cuento no se hace autónomo para enriquecerlo (a mí me gustan los relatos de voz, aún cuando la historia sea de una levedad peligrosa), la metáfora, el delirio o la brecha del sentido están proscritos y la locura de un personaje siempre será motivo de preocupación. Generalmente, cada día apuesto más por establecer un pacto con el lector desde la primera línea. Un apretón de manos en torno a la imposibilidad, y donde la suspensión de la incredulidad se produzca justo al comienzo. Si ese pacto está bien construido, las posibilidades sobre lo que se puede contar son infinitas.
4. Pretendes que los lectores piensen, eso se nota página a página, no nos regalas nada, no presupones que somos unos bobos a los que hay que darles masticada la historia para que podamos entender lo que quieres decir, sino que cuentas tus historias llenas de enigmas y nos dejas solos frente a ellas.
“Tú has leído mucho sobre lo que puede pasar. Yo ahora voy a narrarte lo que no puede pasar”.
En general suelo tirar de los espacios que genera el lenguaje o la atmósfera. Normalmente son autónomos. Tiendo a la universalidad, porque prefiero la densidad simbólica y el significado que de ella derive. De momento, aunque quién dice que no llegará, no he necesitado narrar una historia que ocurra en el aeropuerto de Barajas, un personaje se tome un whopper, lleve unas converse o le guste escuchar a Radiohead. Conste que respeto a quien quiera lidiar con ese imaginario, tan gustoso del lenguaje de la publicidad o la referencia posmoderna. Ya que es un tema esencialmente contemporáneo, alguien tiene que narrar sobre ello y cuestionarlo, imagino. Yo pongo un ejemplo inventado de lo que no me interesa:
“Se fumó un Camel y se ató los cordones de sus Nike. Después fue a la tienda a comprar petazetas, y cuando regresó a su casa se masturbó pensando en Barbarella II. La versión de 1970, claro”.
¿Se entiende por qué, en general, este tipo de escritura hace que me entren ganas de quemarme a lo bonzo?
A veces lamento que no me interesen demasiado esos temas tan de moda como el consumo, los mass media, la literatura del fragmento y esa larga lista de coordenadas que abandera la nueva literatura española. En general (insisto, en general), suelen parecerme una impostura irritante. “Tu libro no tiene conciencia de clase”, le oí decir a un colega. Bueno, es muy posible. Seré un sin generación, o qué sé yo. Tampoco es demasiado importante para que siga escribiendo.
¿No es ésa una condición indispensable? Para mí, la literatura no es un acto de servicio público, como parece que se estila ahora. Se educa a muchos lectores en la idea de que el autor debe desaparecer y hacer de su obra un cajón de sastre donde el sentido esté explicado en su totalidad, se incluya el entretenimiento a velocidad de crucero, la prosa funcional y sin aristas, el clímax, la concatenación de giros… Yo no creo mucho en eso a la hora de escribir, más allá de lo que me puedan brindar esas técnicas para construir al modo clásico, o a la hora de subvertirlo. Separar vida y discurso en la ficción, renunciar a la posibilidad de ser incómodo, transparentarse en los textos o dejar en ellos zonas de sombra (fantasmáticas, como diría Zizeck), me parece convertir la escritura en algo desagradable y escamotearle el valor que le es imprescindible. Además está a la orden del día. Nunca he creído que ésta deba ser un objeto de recreo que nos provea de consuelo y significado (tangible, mensurable) o un desayuno amable, (con rosas y perfume) para el lector. La literatura tiene que ponernos en un aprieto, no entretenernos. Más que entretener, una palabra que delimita la falta de trabajo e intercambio, un texto debería apasionarnos, lanzarnos al buceo, pelearse con nosotros por su imposibilidad de comprensión en una sola lectura o por haber roto nuestras perspectivas. Puede que sea ese mismo concepto de “entretenimiento”, pero expresado al modo de pacto generoso. Tengo para mí que las historias que más he disfrutado como lector (incluidas las narraciones más clásicas y puras) me han exigido un trabajo, y en ellas he encontrado algo atávico, imposible de clasificar, fuera incluso de las pretensiones iniciales del escritor, sin código. Estas historias no me entretienen, sino que me apasionan o me incomodan. No están cerradas, sino abiertas a la relectura. No divierten, sino que me empujan a la extrañeza y la carcajada. No dicen, sino que elevan un malestar, una protesta, generan un mundo alternativo, denso, roto.
5. ¿Por qué esa división del libro en tres partes?
Son matices entre lo que creo que puede hacer el género, siempre que esté bien hecho, y la condición de literatura. Hay una escena estupenda en El club de los poetas muertos donde un profesor coñazo trata de enseñar a sus alumnos cómo se mide la grandeza de un poema. Para ello dibuja un eje con coordenadas y trata de relacionar matemáticamente los elementos técnicos del poema, la extensión y el tema con su valía, quedando de manifiesto que es un estúpido.
Por lo demás, admiro muchísimo a los narradores artesanos y disfruto como un gorrino cuando me cuentan una buena historia, pero para mí, la gramática narrativa clásica sólo funciona epidérmicamente en el tipo de relato que me gustaría llegar a escribir. Creo que el relato por venir, el que pueda trascender y crear apéndices teóricos (siempre a posteriori, estudiando lo escrito) tiene que traicionar el canon de Poe (por citar un Dios primero), alejarse de los manuales de escritura creativa, de la paradoja o la anécdota; tiene por supuesto que rebelarse contra los talleres, vomitar en la unidad con mucha elegancia, no estar siempre demasiado cerrado, hibridarse, ser a veces incomprensible… Qué poco específico he sido, me temo. El problema es que en España quizá sabíamos hace unos años el relato que podíamos o teníamos que escribir, pero con la progresiva la aparición de ciertos libros-linterna, como los llamo yo (Velocidad de los Jardines, El porqué de las cosas, El malestar al alcance de todos, La vida ausente… hay más, otra gente tendrá los suyos), se ha generado un vacío teórico porque eso, precisamente eso que contenían, se puede relacionar con mucha más dificultad con… qué sé yo, la generación tan potente que dio el medio siglo: Medardo Fraile, Aldecoa, Martín Santos, Matute, Antonio Pereira (a quienes, por supuesto, hay que seguir reivindicando).
Por lo demás, creo que la teoría y el canon deberían ser ahora mismo extraditados para intentar dilucidar qué tipo de bebé tenemos en la puerta de casa. Siguen pesando demasiado. Mucha gente aún los lleva encima, como el ataúd del finado en las procesiones al cementerio de los pueblos.
Aclaro de antemano que siento cierta aversión por ese concepto tan extendido de la “unidad” (debida, parece; como el matrimonio) en los libros de relatos. Quizás me contradiga más adelante, pero me gustaría tirar de este hilo. No creo que nadie sepa muy bien qué es eso de la unidad, sino es para justificarse como escritor de relatos (yo prefiero escritor a secas) ante la intención de totalizar de sentido de cierto tipo de novela bastante desfasada. Eso de la unidad (“esto está unido, mamá, esto no”) empieza a ser carne de psicólogo entre los que nos dedicamos a esto. Si un libro de relatos tiene unidad –y creo que es una cuestión más de fondo que de apariencia-, será por el sentido que proponga, no por la apariencia más o menos parecida del contenido. Si no la tiene, pero sus relatos son magníficos, ¿alguien podría elevar una queja?
6. El relato con el que se abre este libro, Cuando se muere la nevera, es el primer relato tuyo que leí, hace ya mucho tiempo, cuando quedaste finalista del Premio Fernando Quiñones. Es uno de los que más me gustan del libro y cada vez que lo releo creo descubrir matices nuevos en él, no sólo por los engranajes familiares que muestras, sino por la imagen de la nevera y los escarabajos, maravillosa.
No sé qué es la unidad. ¿Relatos formalmente parecidos? Generalmente eso me resulta un coñazo. ¿Relatos que graviten en torno a ciertos temas en los que el escritor se transparenta? Eso ya me gusta más, aunque una compilación así podría admitir todo tipo de estilos o historias disímiles, y resultar rara al pureta, por más que el fondo de sentido tocara los mismos palos. A estas alturas, algunos todavía elevan la voz, se indignan y se crean largos debates estériles sobre la unidad y el cuento es esto o es aquello. Por mí, que lo de la unidad lo explique otro, vamos. Yo ordeno los libros de cuentos por pura intuición. Lo mismo que los escribo.
Ah, las tres partes, decías.
Aquí me voy a contradecir con lo dicho anteriormente, pero no seré el primero. Este libro necesitó que yo hiciera una larga reflexión sobre él antes de darlo por terminado (aquellos dichosos cinco meses). En cierto sentido, creo que la ventaja compilar un libro de relatos y hacer una apuesta (una propuesta de unidad, para el que quiera llamarlo así) es que puedes abrirte a ciertas posibilidades formales y de sentido que en una novela o en un cuento individual resultan más complicadas. A la hora de plantearme cómo ordenar los relatos, y después de pensar mucho, creí que lo más adecuado era tratar de crear zonas por las que el lector pudiera transitar, diseñar un espacio simbólico, como quien aplica varias texturas a un cuadro para que todas tengan presencia en la visión general, además de generar contrastes.
Hay una primera zona teñida de ese absurdo y esa ironía, donde caben temas como el misterio de lo femenino, lo poético, la pérdida, el desamparo, el legado. Estos temas se repetirán después, desde otras perspectivas.
Una segunda zona mucho más oscura, de textura cercana a lo siniestro y a la muerte, en la que transitar no es tan agradable. Una tercera zona aún más extraña, donde ni siquiera es posible (o mi intención es esa) aplicar un código de entendimiento. Esta parte del libro propone una suerte de brecha, un fuera del sentido que he intentado operar en el que lee. A mi modo de ver, el relato que mejor define esa zona es “En algún lugar de la calle V”. Además de arquitecto, mi padre es fotógrafo. Supongo que todo se pega, porque cuando escribí ese relato traté combinar el procedimiento de captación (exacto) de una cámara, con un instante extrañado en el que no existieran coordenadas lógicas ni resolución. Lo admito: es un relato que yo desearía que fuera del agrado de David Lynch.
Para el que desee comprobarlo, cada zona del libro acaba con un texto en el que algo (una búsqueda, una espera, un viaje, un aprendizaje) empieza, dando sentido a la siguiente parte.
Te agradezco las palabras a ese cuento, que no ha hecho más que darme satisfacciones. Suele ser el que más recuerda la gente, quizás porque apela a algo tan primordial y ancestral como la unidad familiar y la muerte de algo profundamente arraigado en ella: una nevera que se desangra en una cocina una mañana de agosto.
7. Flores, señor… me parece un relato oscuro, no por su prosa, sino por el trasfondo: “Si la gente se pone a pensar en la primavera, estamos perdidos”. Este es uno de tus relatos más sociales, políticos diría yo (no sé si me equivoco) con esa idea de la manipulación y el control que flota a lo largo de cada página.
Esto de “la familia” (la mía bien, gracias) es un tema en el que estoy trabajando desde otras perspectivas para el siguiente libro, que también será de relatos. Esta vez de una manera mucho menos halagüeña y sí más perturbadora, esquiva, incómoda, con más humor. La familia, la identidad… en menudo pantano me estoy metiendo.
No creo que te equivoques. Ese relato gravita en torno a una protesta personal: la rebelión contra un orden previo y rigurosamente cerrado al cambio. Trato, una vez más, de contar un despertar, esta vez desde dos personajes distintos. El señor X comienza (o vuelve) a vivir, toma conciencia (“Dios mío, es tan difícil recordar”). Androniev aprovecha para cumplir una fantasía de poder. Lo real no es muy diferente: si un directivo de una multinacional decidiera un día criticar ciertos procedimientos ilegales o moralmente reprochables de su empresa, no tardaría ni diez minutos en estar mirando su edificio desde la calle, con sus cosas en una caja de cartón. Los dos personajes, claro, ganan su despertar a costa de pagar un precio. Lo mismito que en la vida.

8. La soledad de los ventrílocuos, el relato que da título al libro, me recuerda en cierto sentido a Niebla de Unamuno, porque el protagonista se plantea su propia existencia, qué hay más allá de todo lo que conoce (esa habitación en la que se encuentra) y, sobre todo, si está “destinado” a ser lo que es.
Pues tú lo has dicho.
9. Me resultan muy interesantes los relatos en los que hablas de las relaciones de pareja. Desde la incomunicación y el miedo a lo que no conocemos del otro y nunca lograremos comprender, como en Al final de Sara, hasta esa metonimia maravillosa de Un trozo de otra mujer donde un forense se apropia de la hermosa mano de una muerta a la que le acaba de hacer la autopsia y apuesta por esta extraña relación. Me gustaría que hablaras un poco de estos dos relatos.
Un trozo de otra mujer es el relato más antiguo de todos los que he escrito, Le tengo mucho cariño, aunque soy consciente de que quizás está menos desvastado que otros y eso se nota. Me resulta muy gratificante que mucha gente lo mente como uno de los más interesantes. De él, yo casi destacaría más ese reverso incómodo. Me temo que no soy un escritor de causas felices: ese forense apuesta por la extraña relación con la mano al mismo tiempo que se deja vampirizar emocionalmente, se cosifica, culminando en ese raro final. Por lo demás, fue un intento de escritura, entre la oposición y la admiración, a Estación de la mano, un estupendo relato de Cortázar bastante más amable que el mío. Con esto no quiero apropiarme del sentido del cuento: cada lector verá su reverso feliz (o no) en esta historia del forense y la mano. Pero para mí que es un pobre hombre que gana una falsa felicidad, es anulado como persona y destruye por el camino el recuerdo de su mujer muerta. Por estas cosas me gano yo la fama de necesitar ir al psicólogo.
10. ¿Cuáles dirías tú que son los autores que más te han influenciado?
Glosar los padres siempre es tarea difícil. Yo me pongo un poco nervioso. Unos cuantos… no sé, gente como Antonin Artaud, Pierre Reverdy, Bretón, Buñuel, Kafka, Dickens, Julien Gracq, Baudelaire, Rimbaud, Carver, Tobías Wolff, Quim Monzó, Sergi Pámies, Bioy Casares, Raymond Radiguet, Richard Ford, Lorrie Moore, Ana María Shua, Raúl Brasca, Julio Cortázar, Felisberto Hernández, Machen, Stevenson, Hogdson, Algernon Blackwood, Lovecraft, Carlos Castán, Eloy Tizón, Ángel Zapata, Bradbury, Forster Wallace, Jumpa Lahiri, Arthur Bradford, Stanislaw Lem, Martin Amis, Will Eisner, Alan Moore, Javier Tomeo, Sam Shepard, Medardo Fraile, Terry Pratchett, Truman Capote, Félix J. Palma, Félix Romeo, Gabriel García Márquez, Chandler, Spillane, Hammet, Patricia Highsmith, Louis Janover, Henri Michaux, Jeffrey Eugenides, Roald Dahl, Kurt Vonnegut, Gonzalo Calcedo, HG Wells, Verne, Roth, McEwan, May Sinclair, Eluard, Lorca, Cernuda, José Hierro, Gómez de la Serna, Mihura, John R. Stewart, Hipólito Navarro, Monterroso, José Balza, José María Merino, Slawomir Mrozeck, Bernhard, Dovstoiesky, Anderson Isbert, Marco Denevi, Max Aub, Arreola, Edgar Keret… Siempre me hago listas con este tipo de afinidades. Pido disculpas por la extensión.
11. ¿Qué libros de relatos de los que se han publicado recientemente te han impresionado? ¿Qué jóvenes autores, españoles y extranjeros, destacarías?
No suelen gustarme estas preguntas. Me temo que me quedo en la superficie de todo lo que me gustaría leer, muy a mi pesar. Estoy ahora mismo leyendo La chica sobre la nevera y otros relatos, de Edgar Keret, y lo siento como uno de esos tesoros encontrados en la playa. Es un cuentista fascinante, fresco, algo desmañado en el estilo pero con unas ideas geniales. Tiene aura. También estoy leyendo Recuerdos del pasado, de Ana Blandiana y Suicidios ejemplares, de Vila Matas, ambos estupendos. Supongo que en breve releeré “Piel de armadillo”, de Jordi Puntí, un libro de relatos imprescindible y que habría que reivindicar otra vez.
12. ¿Cuál es tu relato favorito de este libro?
En el terreno del relato español, me permito no citar a la generación inmediatamente anterior, la contenida en Pequeñas Resistencias (Páginas de Espuma, 2002), porque ya ha quedado probada su solvencia y los que me gustan lo saben personalmente. De la nueva hornada, me interesa el trabajo que está haciendo gente como Víctor García Antón, Patricia Esteban Erlés, Jon Bilbao, Juan Jacinto Muñoz Réngel, Mercedes Cebrián, Juan Carlos Márquez, Ismael Grasa, Esther García Llovet, Javier Sáez de Ibarra o Ignacio Ferrando, por citar sólo a algunos. Hay un discurso en trasformación, un avance, no me queda duda que cada vez para mejor.
Te diría que son dos: Al final de Sara y La segunda vida. Ambos son un intento, puede que infructuoso, de luchar por hacer de la imposibilidad un hecho narrativo, a través del lenguaje y la atmósfera.
13. Por último, Matías, me gustaría que comentaras el fenómeno blog (la labor de gente como Miguel Ángel Muñoz, Sergi Bellver o David González Torres, por nombrar sólo a unos pocos) en lo referente al cuento, así como el nacimiento de aviondepapel.tv.
De La segunda vida me gusta el hecho de que sea una narración más pura y esencial que otras, el trabajo tan intenso de atmósfera, el hecho fantástico, que ya sabes que es muy de mi cuerda. Narra un despertar, una historia de amor, un cambio profundamente vital en el solitario protagonista, con el que me siento muy identificado… Es un relato muy largo y complicado (roza las cuarenta páginas), hecho a la manera de una muñeca rusa (historias dentro de historias) que necesité escribir. Para mí eso tiene mucho valor.
Al final de Sara lo escribí unas navidades, enfermo de gripe. No recuerdo muy bien por qué se me ocurrió la idea de narrar una historia sobre una mujer a la que le crece un agujero que le canta boleros, cerca del ombligo, llevando su matrimonio a una brecha que, al mismo tiempo, lo reaviva. Es un cuento sobre el deseo y sobre la sensación de estar desamparado frente al otro. Me siento muy unido a él. Había algo tan loco, tan extremado y tan imposible en esa idea del agujero que canta que me rompí la cabeza durante un mes y medio tratando de darle densidad, lenguaje y pilares sobre los que sostenerlo. Tampoco creía que se pudiera meter en un mismo relato, sin acabar muerto, un muñeco africano que se adopta como hijo, boleros horteras, un monzón, una nube de mosquitos, un protagonista obsesionado con los aspiradores y una bandada de pájaros tropicales que anida en un patio de vecinos. En fin: no sé si lo conseguí, pero cuando lo hojeo otra vez, vuelve a pasar la prueba íntima que le exijo a los textos que más me gustan. Para mí es suficiente. Leo ambos relatos y me digo: “Aquí estoy yo”. Sí, es una sensación que me encanta.
Todo el que esté un poco atento, convendrá conmigo en que el fenómeno blog ha supuesto una auténtica vuelta de tuerca (henryjamesiana) para el género del relato en este país. Esa conciencia sobre lo que está pasando (aquí y ahora) no tiene sentido si uno no nombra la sostenida y rigurosa labor de gente como David González Torres (a quien deseo mucha suerte con esa patata caliente tan apetecible que tiene entre manos), Miguel Ángel Muñoz, Sergi Bellver, Fernando Valls o Jesús Ortega, por suerte para mí, varios de ellos amigos míos. Han conseguido una cosa que parecía complicadísima, y es que, en primer lugar, quien guste del cuento sepa dónde ir a adquirir conocimientos, ideas y recomendaciones. Un espacio propio, en definitiva, que aún no ha tenido cabida en los suplementos impresos. Y en segundo, que gente ajena al género se acerque a él por primera vez para quedarse, como en las casas con chimenea y amigos.
Supongo que esto no ha hecho más que empezar.
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Lee las siguientes reseñas de La soledad de los ventrílocuos:
Libros de notas (Alberto Haj-Shaleh)
Cuchitril literario (Juan Pablo Fuentes)
El tacto de un billete falso (Pepe Cervera)
Artículo para el suplemento El día cultural (Antonio J. Rodríguez)
Artículo en Diario del Alto Aragón


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