14 Enero 2009 por Alberto Cerezuela Rodriguez
Título: Bariloche
Autor: Andrés Neuman
Páginas: 176
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433973146
Año de Edición: 2008
Precio: 7 euros
Comentario de Guillermo Barquero - sentenciasinutiles.blogspot.com
De le gente que cumple la vital función social de recoger la basura de las calles, en los carros municipales o de empresas privadas, se saben muy pocas cosas.
Con respecto a ellos, nosotros ocupamos este lado, el de la limpieza, el buen olor, el simple descarte de todo aquello inmundo que ya no nos sirve.
Lo que difícilmente imaginamos, por no estar en ese mundo paralelo y al que agregamos toneladas cada día, es la profundidad de los basureros, o recogebasuras, como mejor los conocemos; se trata de personas con vivencias, universos abigarrados y hasta multiplicados en su profundidad por la daga de la indiferencia de nosotros, los de este extremo.
Bariloche, de Andrés Neuman (autor finalista del Premio Herralde de novela en dos ocasiones, una de ellas con esta obra), no es una novela sobre los buzos que hurgan entre la basura, ni siquiera –y esto convertiría los dos primeros párrafos de esto en pura basura, literalmente- acerca de la tarea ardua y poco apreciadas de los recolectores de basura, que madrugan y recorren las ciudades en cuadrillas, embutidos en sus trajes fosforescentes, silenciosos y efectivos. Pero, da la casualidad de que los dos protagonistas de la novela son recogebasuras, y esto es importante para el desarrollo de la historia.
El Negro y Demetrio se despiertan todos los días a la misma hora, llegan al galerón de los camiones recolectores de la misma forma, casi repiten sus gestos día a día, hacen las mismas bromas, se entregan a las mismas fantasías que les permiten sobrevivir dentro de la doble escoria de la inmundicia y la rutina. Salen con su camión antiguo y medio destartalado a transformar el caos nocturno de las basuras de un Buenos Aires indiferente, enorme y carente de sorpresas.
Demetrio, quien no llega jamás a acostumbrarse a este trabajo duro (¿alguien será capaz de hacerlo?), es originario de Bariloche, de “el campo”, a como se refiere en un fragmento su compañero de trabajo, un Negro bonachón, poco educado intelectualmente, resignado y con los pies en la tierra; tiene dos hijos que mantener y una esposa a quien no permite trabajar, no puede andarse con las disquisiciones de Demetrio, quien sí tuvo algún tipo de instrucción, no se conforma jamás con lo que tiene, aunque no por ambicioso, sino porque intuye que hay algo más que las bolsas que los perros despedazan en las madrugadas y la montaña de mugre tragada por la boca ominosa del gran depósito donde descargan día a día.
¿Eso es todo? Es un hecho que podría escribirse una novela a partir de este oficio de indiferencia, sustentada por la profundidad de la vida de los personajes, pero en Bariloche, la recolección de suciedades es apenas el tejido dramático que andamia la obra. Más bien lo importante es el rompecabezas; sí, el rompecabezas, o puzzle, como lo llama el narrador.
Demetrio tuvo que abandonar Bariloche, junto con sus padres, en los años de su adolescencia y primera adultez; en Bariloche conoció el contacto sexual, la tristeza, el inicio de la vida, y el pasatiempo que lo obsesionó desde que fue castigado por su padre por escaparse a una isla turística con su novia: armar rompecabezas con paisajes de Bariloche.
Cuando se muda a Buenos Aires y, años después, cuando recolecta basura porque no le queda otro remedio, los rompecabezas no son solo matatiempos, entretenimientos para pasar las horas de un castigo paterno; ahora son evocación, melancolía, recuerdo, intento de armar un mundo que se le desarma a cada momento –aventuras eróticas sin sustancia; puerilidades que las bolsas de basura contienen; masturbación; deseos infructuosos de ayudar a un mendigo; cafés en la Calle Bolívar todos los días, como perpetuación de la abulia-. Bariloche es un rompecabezas de 65 piezas, 65 capítulos pequeños, pinceladas y trazos de un paisaje como los que arma Demetrio por las noches para recordar su querido Bariloche.
En un rompecabezas, hay piezas que jamás se tocarán pero, gracias a vecindades, relaciones, conjuntos de formas y colores, estarán relacionadas a la distancia, de manera indivisible. En
Bariloche, hay piezas narradas en tercera persona, con un narrador expeditivo que se limita a describir los recorridos por las calles frías, el caminar de las colegialas a las que el Negro mira con deseo, el tipo que siempre bebe unas copas de vino tinto en el café de la Calle Bolívar. Hay piezas intimistas, narradas en primera persona por un Demetrio joven, decepcionado, enamorado y deseoso, cuando todavía vive en Bariloche; estas piezas están llenas de lirismo, sirven de contrapunto a los capítulos eficientes, al igual que el otro tipo de piezas del rompecabezas, que son los capítulos en que aparecen los paisajes de Bariloche que Demetrio va armando, sus aguas, nubes, caminos, aves y una que otra presencia humana:
“Las nubes estallan en púrpura. Las musculosas cimas pulsan un cielo convulso. Desprendidas, las diminutas rocas de velocidad arañan la piel del coloso; estallan, mientras tanto, en púrpura las nubes”
Ese es el Bariloche de Neuman, el poético pueblo de su infancia y primera juventud, el universo perdido de Demetrio, quien arma, observa, mide, busca y quizá no llega jamás a encontrar la pieza que anda buscando para acabar con la inmundicia de su anodina vida.
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