Ema, la cautiva - César Aira

 alt=Título: Ema, la cautiva

Autor: César Aira

Páginas: 224

Editorial: DeBolsillo

ISBN: 9788497935388

Año de Edición: 2005

Precio: 7.95 euros

Comentario de Guillermo Barquero - sentenciasinutiles.blogspot.com

Mi experiencia con el César Aira escritor comenzó con el César Aira bocón y desmedido, que forma la mitad de su personalidad literaria.

En una página de Internet, hace un par de años, leí una especie de chat que el escritor argentino sostenía con varios lectores de un periódico español, que organizó ese conversatorio a la distancia. Había sobrada bufonería, gasto de lengua (o de dedos, porque se trataba de un intercambio virtual desde la redacción del periódico) y declaraciones ridículas. Recuerdo de ese primer contacto con el Aira no escritor algunas cosas: que junto a Borges, todos los escritores argentinos eran sencillamente “escritores menores”, y que el mismo Borges era demasiado grande para la literatura argentina y latinoamericana; que no sabía a cuál de sus novelas se refería uno de los participantes del foro cuando le preguntaba por su “ultimo” libro, ya que recién había publicado uno y tenía varios en prensa. “Escribo una página por día, y 365 días son muchos”, más o menos aseguró Aira en esa ocasión.

La aversión y la curiosidad se me juntaron, hasta que logré conseguir un par de novelas suyas, para intentar quitarme de la cabeza aquel primer encuentro con un Aira (irreflexivamente) desenfadado y bastante hablador. Por algo –eso lo fui averiguando en las semanas siguientes al chat- Aira era tan respetado, y se lo veía como uno de los modelos a seguir en la literatura latinoamericana contemporánea; no podía ser deficiente ni sus palabras opacar su prosa.

Emprendí con emoción la lectura de Cómo me hice monja y La costurera y el viento, para reivindicar en mi imaginario la prosa de Aira, y… Bueno, no fue precisamente una experiencia agradable. Estas eran un par de novelitas sencillamente mediocres, o mediocremente sencillas, un par de ejercicios de narración inocuos y con poca sustancia. Busqué más datos –estas son las bendiciones y maldiciones de la sobreinformación de la red-, y me encontré con opiniones en foros o páginas literarias, y parecía que la cosa andaba por otro lado. Según fui dándome cuenta, la fama de César Aira se basaba en varias novelas escritas ya hacía tiempo, y que habían mostrado una prosa cautivadora y una voz propia en el abigarrado panorama narrativo: Novela china y Ema, la cautiva.
Por uno de esos portentos o vagabunderías de los visitantes de tiendas de libros de segunda, conseguí una baratísima y casi intacta edición de este último, y decidí finalmente leerlo, apartando los reparos de la experiencia aciaga o “airaga”.
 
Está claro, desde el principio, que Ema, la cautiva, no es, o por lo menos no parece ser, de esas novelas que Aira no sabe si ya salieron de la imprenta o si se juntaron con las otras tres que acaba de terminar o si tan siquiera él la escribió, de tan igual a las otras.
 
Ema, una mujer “blanca, ha pasado gran parte de su existencia en poblaciones indígenas, cautiva, criando a sus hijos, muriendo poco a poco en una vida fabricada con el material esponjoso del tedio y la melancolía. En el lenguaje calmo del trasiego de mujeres entre poblaciones de caciques, Ema se ha llegado a acostumbrar a la abundancia de bebidas alcohólicas y alucinógenas, cigarros hechos con grandes hojas, que las mujeres dan a sus hombres; ha visto continuamente los juegos de dados de los hombres, las apuestas, la realidad de las otras mujeres, multíparas como ellas, amamantando todo el tiempo, entregadas sin descanso ni salida a los meandros del concubinato.
La novela está dividida en varias secciones sin numeración, en las que se narran episodios donde no necesariamente aparece Ema, pero en los que se hace referencia a las vida de las “cautivas de la frontera” (ubicada entre los poblados de Pringles y Azul, bañada por las aguas del río Pillahuinco), quienes, según palabras del coronel Lavalle, de la primera sección del libro, pertenecen a un normal sistema de intercambio, “un lugar común de la etnología. Cuando lo vea con sus propios ojos (le habla a un ingeniero francés de apellido Duval), comprobará que es inocuo, un teatro inocente, y bastante inútil, como todo lo demás”.
 
Y lo narrado no es ni inocente ni inútil, ni nada que se le parezca. Esta novela de Aira es una auténtica rareza, que transcurre en un mundo alcoholizado, desprovisto de emociones, pintado con trazos de paisajes idílicos, comportamientos inhumanos en su simpleza devastadora; tan pronto parece un tratado de zoología o botánica como el libro de filosofía de una tribu indígena, en el que el valor de “la imposibilidad necesaria de la vida” es la piedra angular.
 
Ema, la cautiva, transcurre en algo que no puede ser más que un universo paralelo, con reglas propias y extrañas, en el que la poligamia, los ritos, los signos pintarrajeados sobre los cuerpos cobrizos y brillantes de los hombres, no significan más que el tedio de un narrador que parece estar drogado y disfrutar de sus ensoñaciones de descripción arcaizante y su arrobamiento con la contemplación de paisajes de casuchas frágiles, árboles exóticos y animales que parecen mujeres, o ratas que se pronto salen volando como murciélagos.
 
En Ema, la cautiva, hay una historia, claro está: la de la metamorfosis de Ema de una simple cautiva usada en el pueblo fronterizo, a una opulenta criadora de faisanes –utiliza métodos heterodoxos, claro está-, y para la cual atraviesa episodios al lado de maridos nuevos y nuevos poblados exuberantes, en los que todo es lento, y las palabras “indiferencia”, “desdén” y “despreocupación” aparecen muchísimas veces en el texto. Sin embargo, más que el hilo argumental, lo que cuenta es esa descripción sin alma de ese narrador enlentecido por una desidia innombrable, extraño al mundo y a los comportamientos sin causa aparente: un general que imprime grandes cantidades de papel moneda, a pesar de abolir el trabajo; poblados erigidos usando materiales tan frágiles que el aliento de alguien al hablar puede derribarlos; el obsequio entre primos de un gran pez cilíndrico con cuya piel fabricarán vestimentas y cuya carne es insípida y rosada, y que les recuerda el cadáver de una mujer; discursos hechos por caciques ricamente pintados y que, al leerlos detenidamente, resultan ser despliegues de verborrea de la más alta factura; reuniones de indígenas en las que se beben grandes cantidades de champaña.
Sin embargo, entre los acontecimientos inexplicables, aparecen ideas interesantes sobre el valor del dinero y su relatividad, la gratuidad de las manifestaciones naturales para la vida de los indígenas, el poder destructor del “blanco” y la colonización en territorios agrestes, como un émulo en gran escala del criadero de faisanes de Ema.
Tras leer Ema, la cautiva, no sé si quedé feliz, iracundo, satisfecho, contento, decepcionado, atónito o simplemente fascinado. ¿Indiferente? Definitivamente no. A este primer Aira hay que leerlo.

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