La voz cantante - Eloy Tizón
Título: La voz cantante
Autor: Eloy Tizón
Páginas: 188
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433968623
Año de Edición: 2004
Precio: 13 euros
Comentario de Guillermo Barquero - sentenciasinutiles.blogspot.com
“También hay quienes piensan que no existe el diablo. Que no es más que una leyenda romántica surgida de mentes calenturientas en noches infernales. Allá ellos.”
Con estas palabras inicia La voz cantante, novela del escritor español Eloy Tizón. A partir de esas sencillas palabras, el narrador pone las reglas del juego: el diablo (Lucifer, el Maligno, Satanás y demás nombres que aparecen en algunas partes del libro) existe, es un hecho tan innegable como el resto de las verdades absolutas que no requieren demostración.
En La voz cantante, Tizón nos narra los cotidianos encuentros demoníacos de Gabriel Endel desde la infancia, siguiendo un recorrido cargado de acontecimientos que para el narrador se convierten en incontrovertibles pruebas de la vida entre los hombres de Lucifer. La gallina. La viga. El vacío. Mónica Friser. Sí, existe una mujer en esta historia, una joven a la que Gabriel conoce en una parada de buses, ya salido de la adolescencia o en trámite de salida. El enamoramiento es casi inmediato.
Mónica y Gabriel huyen de sus casas, juntos, desafiando la autoridad del padre de Mónica, un frío, predecible, cuadrado y ultrarracional hombre de negocios. Este hombre, el temible señor Friser, es un aficionado a la caza de animales. Maneja con destreza las armas de fuego con mirillas; persigue como un sabueso entrenado, dotado de la parafernalia de agentes, investigadores, espías y afines a los dos enamorados a lo largo de seis meses y varias ciudades europeas. Se siente la respiración del señor Friser. Si ese aire caliente por pulmones sulfurosos no proviene del cuerpo del Demonio personificado, pues entonces su origen no tendría explicación. El señor Friser es el abyecto, el que persigue, el cazador furtivo que los llega a alcanzar. El demonio hecho hombre, en dos platos.
La premisa de la novela es interesante. La narración sencilla de Tizón permite que la trama no caiga en innecesarias disquisiciones metafísicas sobre la historia del diablo o su papel de mal sempiterno en la vida de los hombres. Tizón y su narrador, Gabriel Endel, son eficientes, sencillos, diáfanos a pesar de la negrura del mundo.
Sin embargo, la novela suele perderse en episodios nimios en los que las acciones no determinan partes importantes de la trama, ni agregan peso a ésta, ni permiten profundizar o entender la naturaleza del demonio en la vida de Gabriel. El narrador se retrotrae, después del inicio impactante (cuando va sentado en el metro y sabe que frente a él está sentado el demonio, en forma de un niño de aspecto bastante pedestre), a los episodios en los que se ha encontrado con el Maligno. Aquí suele haber varias páginas en las que la narración fluye, se disfruta, entretiene, pero no hace daño. Se convierte en inocuidad, en la voz del Diablo apaciguada.
Al inicio del penúltimo capítulo (tras los episodios de la vida de Gabriel, incluido el tortuoso trance de la fuga con Mónica Friser y la persecución del padre de ésta), Gabriel Endel escribe estas palabras: “Si yo fuese un narrador sensato, este relato debería concluir aquí. Punto final. Como no lo soy, y trabajo a oscuras, guiado por mi intuición (…) me veo en la obligación de incluir un añadido”. Esto precede a un final brillante, en el que Gabriel hace un recorrido por el avance del tiempo, por la vida académica después de la ruptura con Mónica Friser, por lo anodino de su vida de catedrático; el Demonio, con el paso de los meses que se transforman en años y en décadas, va convirtiéndose en un gatito al que se le acaricia el lomo, pero que podría sacar las uñas y hacer un daño impredecible. Sin embargo, cuando la vejez entra y se tiene una rutina inamovible que es el centro del universo, el gato también se vuelve un anciano, y al final no hay más que una convivencia pacífica. Este giro de melancolía termina de darle alma a algo que la había ido perdiendo con las páginas; al final, lo que se lee no hace daño por lo impactante de una respiración sulfurosa en la nuca, sino por el apaciguamiento natural de la voz de las tinieblas, de la temible voz cantante.



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