Los príncipes nubios - Juan Bonilla
Título: Los príncipes nubios
Autor: Juan Bonilla
Páginas: 290
Editorial: Seix Barral
ISBN: 84-322-1150-8
Año de Edición: 2003
Precio: 17 euros
Comentario de Guillermo Barquero - sentenciasinutiles.blogspot.com
En un vuelo del protagonista de Los príncipes nubios, Moisés Froissard Calderón, rumbo a Málaga, éste parafrasea lo leído en un libro de Stephen King, relativo al arte de escribir novelas:
1- La narración: Moisés Froissard Calderón, un estudiante de Artes Dramáticas, vanidoso, medio estúpido y movido por la fuerza de algunas pequeñas manías y unas ganas de sobresalir en algo o de ganar dinero sin precisamente destacar, hace un viaje a Bolivia, como participante de un grupo de artistas itinerantes que montan espectáculos públicos para hacer un poco menos desgraciados a los niños de los botaderos de basura de La Paz (intercambiable por cualquier capital de cualquier país del tercer mundo), entreteniéndolos con actos de malabarismo y afines. En una de esas, mientras se toma unas cervezas en una de las noches desgraciadas de La Paz, en un cuchitril infecto, es abordado por Roberto Gallardo, un tipo que le habla de una organización a la que pertenece, que se encarga de la loable tarea de “salvar vidas”. Este grupo, el Club Olimpo, es una red de prostitución fina que obtiene a sus ángeles de embarcaciones de inmigrantes que llegan a España –en el caso en que más se detalla- desde el continente africano; los cazadores escogen a los inmigrantes más hermosos o los potencialmente hermosos, los convencen de su salvación y su futura vida acomodada, para terminar llevando a algunos de ellos –los deslumbrados por las promesas que en efecto se cumplen- a viajes por el mundo, para satisfacer la libido de los clientes millonarios del Club. A Moisés, quien termina perteneciendo al Club, se le pone como misión a Moisés la búsqueda de un sudanés, reclamado por un cliente que quiere tener ese cuerpo a cualquier precio. Todo lo que pasa desde el botadero de La Paz hasta la búsqueda del “príncipe nubio” sudanés es un continuo de personajes poco entrañables –La Doctora, diva borrosa y con ansias de grandilocuencia; Luzmila, la cazada-cazadora que además padece de una infumable megalomanía; Boo, el pobrecito nubio que solo se entiende con golpes y recuerdos ancestrales-, acciones poco creíbles, farsa mal desarrollada. Hay delirios de conquista del mundo, aguaceros de mierda -literalmente, no es un insulto- y palabras falsas, seres monstruosos en su propia miseria.
2- La descripción: lo más destacado es el olor a mierda de Málaga, sitio en el que Moisés Froissard debe de entablar contacto con el sudanés y reclutarlo como pieza valiosísima para el Club Olimpo. Esto de la mierda tiene su explicación: una huelga de recoge basuras. También se recuerda bien el olor a mierda de los basureros de La Paz. En fin, no solo los personajes -o sus delirios de grandeza- dan asco. Con respecto a la parte física de quienes participan en la historia, se recuerda especialmente el aspecto de los nubios, negrazos perfectos cuya descripción haría las delicias de un novelista de entregas en una revista del corazón. Moisés Froissard hace gala de su idealización con fines sombríos con joyas como esta:
“Debía medir metro noventa. Boca sensual de labios carnosos, de esos que son
fácilmente caricaturizables, de los que sueñan conseguir las fulanas del circo
de la prensa del corazón (…). Los deltoides parecían dibujados por uno de
aquellos maestros escultores del Renacimiento que luego tallaban en piedra a los
dioses con los que soñaban” (p. 204)
3- El diálogo: los intercambios de palabras entre quienes participan en la historia de Los príncipes nubios son meras exposiciones de tesis dentro del universo interno de la novela, sin vida, sin dinamismo, muertos en la hoja que los ha debido soportar impresos. La mayoría de las veces parecen pensamientos en voz alta, a la manera de las telenovelas; lejos de infundir vida a los personajes, los acartona.
Esquematizada la novela –podría dejarse así y punto, pero quiero hacer un par de comentarios más- llama la atención una de las notas de la contraportada: “Audaz y corrosiva desde la idea inicial hasta su resolución”. La corrosividad, con el tema tratado por Bonilla, debía estar asegurada; sin embargo, los personajes, la flojera de los acontecimientos y los pequeños vicios y torpezas en los que cae Moisés en sus descripciones, los lugares comunes -la ignorancia de los náufragos africanos, matizada con uno que otro rasgo de verdadera humanidad; las crisis de los países latinoamericanos como territorio propicio para la venta desesperada del cuerpo- y las tétricas existencias de los tercermundistas americanos y africanos, malogran no solo esa corrosividad, sino que hacen desaparecer del mapa la tan prometida audacia. Claro está, no es impericia del escritor exactamente, sino una contaminación de todo por la vanidad y la poca sustancia y humanidad de Moisés quien, cada cierto número de páginas, nos regala su muletilla favorita: “me dedico a salvar vidas.”


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