26 Octubre 2008 por Alberto Cerezuela Rodriguez
Título: Temporada de huracanes
Autor: Gonzalo Calcedo Juanes
Páginas: 219
Editorial: Menoscuarto
ISBN: 9788496675087
Año de Edición: 2007
Precio: 15 euros
Libro comentado por Francisco Ortiz – francisco-ortiz.blogspot.com
Qué gran relato es “A dos mil metros de altura sobre el nivel del mar”, con el que se abre este libro de un consumado autor de cuentos, uno de esos escritores que no aparecen en los medios en grandes letras pero que van construyendo un mundo narrativo perdurable y de un valor siempre en alza.
A Aurora, ciudad “demasiado introvertida, demasiado campestre”, va Donatella a dictar una conferencia sobre un poeta inglés pasado de moda, como ella misma, dejando en casa a un compañero del que no está muy segura y a dos hijos de un matrimonio anterior. Pocas cosas pueden pasar en veinte páginas, pero no os quepa duda de que Calcedo cuenta de una manera actual, sensible y sugerente que deja muy a las claras su altura de gran escritor. La manera actual viene dada por una narración sin efectismos verbales, de flujo medido y ágil, que no desdeña las frases certeras y que pueden extraerse con valor individual y de cita aislada: “Donatella sacó el móvil del bolsillo, estudió los mensajes de su minúscula pantalla, cada uno un capítulo, cada uno un embuste”. La manera sensible viene dada por la cercanía con que se nos cuenta la pequeña historia de Donatella, por la mirada de un narrador que la comprende, que no la estudia fríamente como a un bicho raro, sino que la escucha, que nos la acerca, que nos la hace humana. La manera sugerente viene dada por el mayor acierto del relato, sin duda, que es la inteligente opción de mostrar sólo un poco, de resolver en pinceladas temas que han de continuar vibrando en la mente del lector, que han de resolverse de alguna forma en la mente del que se acerca a saber un poco de las vicisitudes de Donatella.
Es un gran relato, un magnífico pórtico para un libro que promete buenos ratos de aprovechable lectura.
También me parece magnífico el segundo relato, “Tres muñecos de nieve”, en el que son más evidentes las influencias de la narrativa corta estadounidense pero sin ahogar la creatividad de Calcedo, sin borrar su presencia en el relato, la del autor que mira de una manera muy determinada a sus criaturas, que hace avanzar por una línea que distiende el pasado o lo encoge con una precisión espléndida, que escoge con pleno acierto motivos simbólicos y no los deja fríos en primer plano sino que los mueve con fluidez y dotándolos de una vida que sólo los personajes muy recordables poseen. Todo es sugerido, apuntado, todo está en un plano que obliga a mirar más abajo, a buscar lo escondido, lo no dicho: el estilo de Calcedo es profundamente económico y cristalino, sin falsos juegos y sin retórica vacua, pero también se presta a la frase brillante, enjuiciadora, con valor de diamante. Y al final hay unas palabras de un personaje que caen sin fuego pero queman, según la inteligente manera de contar de Calcedo, que emociona sin cargar las tintas, sin remarcar, buscando la complicidad del lector atento y sensible: habla de que lleva un pañal bajo su disfraz para parecer más gordo, un pañal de adulto, y agrega, medio borracho y desengañado de muchas cosas y ofendido y roto en verdad por dentro pese a sus anteriores palabras agresivas, que el narrador ha hecho más bien como que no oye: “Dios mío, mi pobre madre usó uno de esos al final de sus días. Qué tristeza…”
Calcedo es un escritor al que hay que visitar para saber más de qué están hechas las heridas del alma. Y para leerle, os aconsejo, tomad asiento y dejad una puerta de vuestra alma abierta. No lo leáis sólo con los ojos, ni con la mente. La experiencia será inolvidable.
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